Ahora sí que “está en chino”

No cabe duda que las distancias entre Asia y México se han acortado mucho de 1815 a la fecha. Ése fue el último año en el que funcionó La Nao de China o Galeón de Manila, nombre con el que se conocía a las embarcaciones que cubrían en varios meses la ruta comercial entre Filipinas y los puertos del Pacífico mexicano, especialmente Acapulco. Hoy en día, lo que sucede en China no sólo se conoce casi inmediatamente, sino que, según nos dicen autoridades y analistas, impacta severamente y de manera muy negativa a muchas otras economías del mundo, entre las cuales se encuentra México. Ver el peso a niveles de 19 pesos por dólar o el petróleo a precios alrededor de 30 dólares nos hace reflexionar acerca de las causas de esta afectación a nuestra economía. Y conforme a lo que oímos por ahí, nos obliga a preguntarnos: ¿Qué demonios pasa en China?

El 26 de enero de 2016, la bolsa de Shanghái cayó a su peor nivel desde diciembre de 2014 con un retroceso de 6.4 por ciento, seguido del mercado de Shenzhen, que retrocedió 6.96 por ciento. El origen de la caída en esta ocasión se debió, según se dijo, a una denuncia por violaciones a reglas bancarias del Banco Agrícola de China por 592.8 millones de dólares. Este acto de corrupción acentuó la desconfianza reinante en los mercados y las instituciones financieras, limitando las inversiones ese día. La caída impactó en los sectores de minería, electrónica y finanzas. El Banco Central, el Banco del Pueblo de China, introdujo 67.2 mil millones de dólares para solventar los problemas de liquidez y mantener las tasas de interés estables.

Esta es la segunda caída importante que se registra en 2016 desde que el 7 enero la bolsa de Shanghái cayó 7.02%. Las caídas marcan el fin de un periodo en el que las bolsas del país crecían a tasas impresionantes. A pesar de que la economía China sigue creciendo, esta pérdida de confianza impide nuevas inversiones, generando un círculo vicioso que conduce a acentuar la desaceleración de la economía y la caída de las cotizaciones bursátiles.
La tendencia de desaceleración económica de este gigante asiático se empezó a sentir entre los años 2010 y 2012, al pasar la tasa de crecimiento del PIB de un 10.4% anual a un 7.7%. Ya para 2015 se ubicó en un 6.3% y el Banco Mundial estima que esta cifra será similar en 2016. Para acabar de entender lo que sucede, conviene repasar otros aspectos de la vida en China, para lo cual acudo a un resumen preparado por Santander Trade:
“Durante el tercer plenario de los miembros del comité central del partido comunista (PCC) a fines de 2013, el PCC anunció su programa de reforma de aquí a 2020. Este incluye: avances políticos como el cierre de los centros de trabajos forzados; una mayor independencia de las cortes de justicia a nivel local; la flexibilización de la política del hijo único; la reforma del ‘hukou’, que regula la movilidad (o más bien la ausencia de movilidad) y el acceso a los servicios públicos por los ciudadanos; la reforma del acceso a bienes raíces para facilitar la cesión de tierras agrícolas por los campesinos; la liberalización de las tasas de interés y la apertura progresiva de las transacciones financieras; y la reforma de las empresas de Estado. El antiguo interés por el crecimiento económico es reemplazado por preocupaciones sociales, como la degradación del medio ambiente, la corrupción o el aumento de las desigualdades.

“El presidente Xi Jinping, en el poder desde marzo de 2013, ha llevado a cabo una campaña contra la corrupción y en pos de la austeridad que ha tenido un impacto negativo en ciertos sectores económicos (productos de lujo, restaurantes, entretenimiento). Como lo ha reconocido el presidente, China entró en una era de crecimiento modesto, que penaliza al mercado inmobiliario. Se han llevado a cabo ciertos avances a nivel de liberalización (un menor control de los capitales con el programa Stock Connect, liberalización de las tasas de interés al introducir más competencia entre los bancos), pero, en paralelo, la nueva zona de ‘libre comercio’ de Shangai no ha sido convincente, debido a las numerosas restricciones impuestas a las empresas extranjeras, y las investigaciones contra grupos extranjeros se han multiplicado. Persisten numerosos desafíos relacionados con el envejecimiento de la población, la contracción de la fuerza de trabajo, la falta de apertura del sistema político, la competitividad de una economía dependiente de gastos de inversión elevados y la expansión del crédito”.

Muchos cambios en un espacio relativamente reducido de tiempo. A ellos habría que agregar una reducción en la productividad, dado el incremento de los salarios y otras consideraciones. Sin embargo, a mi modo de ver, un problema medular para China lo constituye la fuga de capitales. JP Morgan estima que, del segundo trimestre de 2014 a la fecha, han salido de China un millón de millones de dólares (one trillion dollars, en inglés), lo cual revela la dimensión del problema. El mismo reporte publicado el 11 de enero de 2016 habla de una nueva etapa de fuga de capitales registrada en el último trimestre de 2015, ahora constituida por la salida de inversión extranjera directa y de portafolio. No se guardan de expresar que “si esto sigue y sigue, la salida de capitales prácticamente no tendrá límites”. Y eso, amigos lectores, no son, como dijera Fox, “cuentos chinos”.

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