No sé en qué momento o lapso de tiempo se gestó todo aquello que ha permitido que en el ánimo de tantos estadunidenses tenga ese efecto un discurso como el que ha venido utilizando Donald Trump en contra de México y de los hispanos que viven en los EU. En el mes de septiembre, en este mismo espacio se publicó mi columna titulada Las verdaderas “trumpadas” de Trump, en la que, refiriéndome a la retahíla de cosas negativas que hasta ese momento había dicho Trump, escribí: “…Sin embargo, no es mi intención seguir citándolas, sino reflexionar sobre lo que en verdad me preocupa, no de este personaje peculiar, sino del respaldo que parece ganar día con día en los sondeos que se han publicado (excepto el que fue difundido recientemente por The Washington Post). Honestamente, lo que diga o deje de decir a los cuatro vientos este millonario bocón no tendría relevancia alguna, si no fuera por las simpatías que parece generar en algunos círculos de la sociedad americana; círculos, por cierto, muy influyentes…”.

Y acto seguido expresaba yo mi inquietud respecto al riesgo que implica que un amplio sector de la sociedad norteamericana respaldara a alguien que está en contra de los tratados comerciales como el TLC que ha dado lugar a un comercio entre ambas naciones que casi alcanza la asombrosa cifra de ¡mil quinientos millones de dólares diariamente! Siendo parte del equipo del presidente Carlos Salinas de Gortari, primero como presidente de la Comisión Nacional de Valores y después como director general de Nacional Financiera, me tocó estar cerca del proceso de negociación que magistralmente llevaron a cabo los miembros del gabinete presidencial responsables del tema, quienes tuvieron además el tino de hacerse acompañar de los mejores empresarios de México, los que actuaban en lo que se llamó el “cuarto de al lado”, opinando sobre los términos de dicho acuerdo comercial.

Y aunque la tarea de opinar sobre esos términos, que podrían afectar la actividad de sus empresas o del sector al que pertenecían, fue fundamental, creo yo que lo que resultó aún más meritorio fue el haber desplegado una eficaz tarea proselitista para convencer, de aquel lado de la frontera, a una influyente red empresarial, que acabó haciendo suyo el propósito de sacar adelante esta negociación convenciendo a sus congresistas de dar su apoyo. Confieso que en aquel entonces sentí que, para bien de México en el largo plazo, habíamos conseguido, más que un Tratado de Libre Comercio, una nueva visión mutua sobre ambos países y de manera sobresaliente habíamos conseguido cambiarnos de un carril de baja o media velocidad a uno de alta para el desarrollo futuro de México. Y siempre he considerado que, de la permanencia de ese ambiente, seguirá dependiendo que se fortalezca y crezca lo conseguido.

De hecho, quizá si no hubiera surgido esta turbulencia llamada Donald, hubiera seguido durmiendo tranquilo pensado que cada día esa impresionante corriente de negocios estaría, por sí sola, siendo la demostración más palpable de que el vínculo entre ambas naciones era cada vez más fuerte y permanente. Pero mucho me ha desencantado darme cuenta de que no es así. Ahí está la alteración climática que representa el torbellino Trump, evidenciando la vulnerabilidad de una relación y un ambiente que, evidentemente, no hemos cuidado como debiéramos. Valga entonces todo lo acontecido hasta ahora como una llamada de atención para que tomemos conciencia de que, a pesar de decenas de organizaciones de hispanos, de tantos intercambios culturales, de todas esas operaciones comerciales diarias, de tantos millones de turistas año con año de ambos lados, hoy muchos norteamericanos aplauden como focas a un hombre que simple y sencillamente nos detesta y propone echar al vacío todo lo logrado.

Desde luego que no escapa a mi atención que esos partidarios de Trump distan mucho de ser mayoría y que incluso entre los republicanos hay opiniones contrarias y hasta movimientos para recaudar fondos para frenar esta aberración política. Tampoco ignoro que en el partido demócrata existe una visión muy diferente y que, en particular, Hillary Clinton tiene una visión muy informada acerca de nuestro país y de la relación bilateral. Fue precisamente en la gestión de Bill Clinton, su marido, como presidente, que México recibió el mayor apoyo de su historia y que gracias a él superamos una crisis que pudo causar daños irreversibles.

En futuras entregas convendrá que analicemos cómo se van desarrollando las actividades en estas elecciones primarias y cómo se van perfilando los posibles nominados. Venga lo que venga, sin duda el escenario ideal para México sería que Trump no gane las elecciones en noviembre, si es que resulta el candidato del partido republicano, que los hispanos pudieran organizarse y movilizarse para lograr la más alta votación de la historia (y que esta -obviamente- fuera contraria a Trump); que re-pensáramos la relación con los EUA y en particular que identifiquemos aquello que ha lastimado la buena disposición de muchos para vernos con simpatía y en forma positiva y que comprendamos que no nos podemos desentender nuevamente nunca más del compromiso de abonar cotidianamente a esta relación lo que sea necesario, considerando que de ella depende, en buena medida, nuestro futuro desarrollo. ¡Ni más, ni menos!

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