La Habana y Varadero, Cuba. No sé exactamente ni cuándo se originó ni de dónde me vino ese cariño e interés que tengo por Cuba y por los cubanos, pero es genuino e intenso. Supongo que se trata de algo que se ha venido gestando y desarrollando al paso del tiempo, provocado por una variedad de situaciones y hechos que he visto o vivido a lo largo de los más de sesenta años que tengo de vida. La revolución encabezada por Fidel Castro triunfó en el año de 1959, cuando yo contaba con tan solo 6 años de edad, por lo que ese hecho específico, como tal, no fue algo de lo que haya sido cabalmente consciente.

Pero a lo largo de mi niñez y adolescencia, las menciones alusivas al comunismo o al socialismo en Cuba fueron frecuentes. Y en el seno de un hogar católico, muy influenciado e influenciable por lo que nos venía de los Estados Unidos de América, ya se imaginarán, mis lectores, la forma en que se hablaba de esa revolución, de sus protagonistas y del pueblo que la vivió. Mi adolescencia terminó dando paso a esa maravillosa primavera de la edad adulta, en donde irrumpió la más intensa manifestación del espíritu inquieto que llevo dentro.

Rompiendo reglas, cuestionando todo, oponiéndome a lo establecido y experimentando sin límites aquello que pudiera significar una nueva experiencia, transité, como lo hace la mayoría de las personas, simpatizando con todo aquello que fuera diferente, con todo aquello que pudiera considerarse revolucionario. Fue en esos tiempos que surgieron mis primeras dudas de la fe o mis cuestionamientos severos respecto de la forma en que vivía yo y aquellos que me rodeaban y fue entonces que me cuestioné si aquel entorno (de “gente bien”, de privilegios, de escuela privada y de enorme influencia religiosa) que me rodeaba, era lo que realmente deseaba. Fue entonces que decidí no aceptar la beca que me ofrecía la Universidad Anáhuac y optar por la Universidad Nacional Autónoma de México, una de las decisiones más importantes y atinadas que he tomado en mi vida.

En medio de ese entorno tuve mi primer acercamiento con esta isla y conocí con más detalle la historia de los hombres de la revolución en Cuba. Los enormes habanos de Fidel, la original gorra del Ché Guevara y el sombrero de Camilo Cienfuegos. Todo a mi alrededor evocaba a ese puño de hombres que, según se decía, habían derrotado a los Estados Unidos de América, el país más poderoso del mundo. Y acercándose cada día más a la Unión Soviética, habían instaurado el socialismo, en busca de una mayor justicia social.

De entonces a la fecha, he viajado a Cuba en varias ocasiones, siempre con propósitos profesionales, hasta que, en esta ocasión, lo hago con toda la familia, para festejar a la jefa. No han sido suficientes esas visitas para entender a cabalidad la forma en que vive la gente en ese hermoso país caribeño. Indicadores como los relativos a la educación, la salud, la cultura o el deporte, e incluso la felicidad, parecen muy favorables. Sin embargo, una vez que uno se adentra en el espacio urbano de La Habana las escenas de un país en donde el tiempo se detuvo y donde pareciera que nadie volvió a hacer nada por dar mantenimiento a las construcciones parecieran enviar el mensaje de una sociedad con igualdad y pobreza generalizada.

Con la poca y superficial información que tengo, no pretendo hacer un análisis exhaustivo y profundo sobre la sociedad cubana. De hecho, sobre ello tengo aún más preguntas que respuestas. No obstante, hay una respuesta que sí tengo, sobre la cual no me queda duda alguna: el turismo es una actividad que encierra enormes posibilidades de contribuir al progreso y desarrollo de este país y de sus habitantes. El turismo podría ser una segunda revolución cubana y crear, en muy corto plazo, millones de empleos, principalmente para mujeres y jóvenes, que tanto demanda y merece este país, que se atrevió a desafiar todo.

Cuba cuenta con todos los atractivos naturales para competir con éxito en el mercado turístico mundial y, de hecho, se encuentra haciéndolo actualmente. Una de esas visitas que comenté líneas arriba la hice como secretario de Turismo, a invitación de mi colega cubano y recuerdo bien que en ese entonces el turismo se encontraba incipiente, imponiéndose a las limitaciones que implicaba el control de cambios vigente en aquel entonces. Los dólares (y otras monedas) que venían con el turismo irrumpieron en medio de esa economía planificada, dando lugar en cierto modo a una dualidad de economías y casi de sociedades: la de los que recibían dólares y la de aquellos que solo conocían la moneda local. Tarde o temprano -comenté a mi amigo- será insostenible esta división. Parece que ha llegado el momento al que me refería.

Surgen dos preguntas inevitablemente: ¿Qué requiere Cuba para tener éxito en este sector? Y ¿Representa una amenaza para México como competidor? En el primer caso, conviene empezar señalando que está todo (casi todo) por hacer, con lo bueno y lo malo que ello encierra. En cuanto a lo bueno, creo que debe aprovecharse la oportunidad para evitar cometer los errores que se cometieron en otras latitudes (como en México) y en cuanto a lo malo, queda decir que la tarea es titánica, pues son muchos los frentes en los que hay que actuar: planeación, inversión, promoción, capacitación, etcétera.

Y en cuanto a la segunda pregunta, soy un convencido de que, para México, la apertura de Cuba es una magnífica oportunidad. Somos, sin duda alguna, su aliado natural en todos los frentes y me parece que estamos en condiciones de complementarnos de una manera muy redituable para ambos países. Imaginemos a México y Cuba trabajando juntos por coinversiones o para crear un producto Maya – caribeño o en formar Fondos de inversión a colocarse entre los turistas enamorados de Cuba (como nosotros) para, como suelen decir en España, “poner en valor” esas maravillas de inmuebles en La Habana o para promovernos conjuntamente. Pensemos en intercambios de cientos de jóvenes para culturizarlos turísticamente o en una versión cubana de Fonatur con participación de este último. Imaginemos una línea de cruceros que visite Miami, Cancún y La Habana. Algunas ideas al vuelo que ya desarrollaremos más.
Creo que Enrique Martínez y Martínez, con el apoyo de su tocayo Enrique de la Madrid y aprovechando la experiencia turística de Claudia Ruiz Massieu, se deberá abocar al diseño de algún mecanismo binacional mixto para el
desarrollo turístico de Cuba, en lo que podría, de verdad, ser una segunda revolución cubana.

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