Los viajes ilustran y entre otras cosas nos devuelven a casa llenos de información acerca de los lugares, las personas y las experiencias vividas. Los sabores probados, las vestimentas y las costumbres observadas, la música y las expresiones del lenguaje escuchadas, los colores percibidos, conforman ese bagaje que no viaja de regreso en las maletas, sino muy dentro de nosotros en la forma de recuerdos e impresiones… algunas de ellas imborrables. Algunos lugares visitados dejarán más huella que otros. Creo que es el caso del viaje a Cuba del que apenas volví y del que escribí en mi columna de la semana antepasada.

Las reflexiones se hacen presentes desde el primer día en el lugar visitado y parecen acentuarse con el viaje de regreso. A la vuelta al hogar, vuelven y vuelven los pensamientos y las remembranzas, así como las intenciones de volver ahí algún día. Y surgen inevitablemente las comparaciones entre este nuestro mundo y aquel, el de aquellos que pueblan y residen en los lugares visitados.

Y en el caso de este viaje y del significado que tuvo para mí, debido, entre otras cosas a los vínculos y sentimientos que referí en aquella columna, destaca mi convicción acerca de la oportunidad que ahora requiere y merece ese país hermano para crecer económicamente, de manera que alcance sustentabilidad su desarrollo. Es la asignatura pendiente de un país que fue capaz de educar y garantizar servicios de salud a todos sus habitantes. Ese desarrollo sólo será completo al alcanzar prosperidad y crecimiento económico y ello es factible en el corto plazo, si se optara por el turismo como una actividad productiva sobresaliente en aquellas latitudes.

Concebir el desarrollo de cualquier actividad productiva en las modalidades que nosotros conocemos —y que son las dominantes en el sector turístico—, en el marco de un régimen económico y político como el prevaleciente en Cuba, no parece una tarea sencilla, pero a juzgar por lo que se ve, tampoco imposible. Por una parte y a manera de ejemplos esperanzadores, vemos las cuantiosas inversiones españolas que en 27 hoteles ha hecho Meliá en aquel país, grupo dirigido ejemplarmente por mi admirado y querido amigo Gabriel Escarrer, a quien acompañé en el inicio de esas inversiones (y las que hizo en México). O las que encabeza Miguel Fluxá, de Iberostar, otro admirable hotelero Mallorquí, con ya casi una decena de hoteles en Cuba.

Pero ahí no para la cosa en el caso español. Si revisamos la lista del directorio que publica el ICEX de España, encontraremos una treintena de empresas con inversión en Cuba en los más variados sectores. Y si todo esto ha sido posible con el marco jurídico prevaleciente al día de hoy, creo que es interesante imaginar lo que puede venir como parte de un proceso de apertura como el que es previsible en el corto plazo. Y más allá de la inversión hispana, por lo menos en lo que pude observar en el recorrido de La Habana a Varadero, el sector petrolero ha recibido importantes inversiones canadienses y chinas.

Ciertamente, una estancia turística como la que tuvimos unos cuantos días, dista mucho de ser una misión seria de exploración sobre la posibilidad de hacer negocios en algún lugar, por lo que reconozco de entrada, las limitaciones y probables errores de apreciación. Sin embargo, creo que con las charlas que sostuve con diversas personas, es claro que hoy por hoy, pareciera haber grupos de inversionistas que han debido regresar con su dinero a casa. ¿La razón? Indefiniciones sobre las alternativas de participación del gobierno cubano, que no acaba de decidirse en cuanto a una modalidad u otra para aportar, por ejemplo, alguna propiedad inmobiliaria susceptible de ser desarrollada con fines turísticos.

Cualquiera que sea la forma o el esquema, lo que queda claro es que si Cuba quiere generar renta turística, generalizada y ampliamente distribuida en su país, requiere fortalecer eso que me gusta llamar la “atractividad” de sus destinos, de la forma en que por ejemplo México lo ha logrado hacer en lugares como la Riviera Maya, en donde han proliferado alternativas para comer bien, visitar sitios arqueológicos, vivir sobresalientes y excitantes experiencias de parques temáticos o hasta la posibilidad de asistir a una instalación permanente del Cirque du Soleil.

Todo ello pudiendo llegar o salir de ese sitio a través del mejor aeropuerto de Latinoamérica. Y todo ello se traduce en inversión, ya sea pública, privada o mixta. De ahí que resulte indispensable que Cuba promueva la creación de un Consejo Cubano de Inversión, similar a aquel que promovió en su tiempo el gobierno de Carlos Salinas de Gortari en México.

Otro importante desafío lo representa la poca disponibilidad de medios de pago para los turistas, los cuales se pueden llevar la sorpresa de no contar con alternativas para utilizar alguna tarjeta de crédito si es expedida por un banco americano (o con capital de ese país) o de enfrentarse a un calvario al tratar de obtener efectivo. Así las cosas, la bancarización del país resulta imprescindible.

Imposible no hacer referencia al tema de la internet como un elemento que hoy por hoy, los turistas llegan a considerar como algo determinante en su decisión de sitios en los cuales vacacionar. Un viajero de estos llamados “millennials”, que suelen consultar su teléfono móvil entre 100 y 150 veces al día, no están dispuestos a aceptar que eso no sea posible al no poder acceder a una eficiente red de datos.
Mucho queda por hacer. Lo principal, un proceso de evaluación integral del destino como alternativa turística. Y a partir de ahí, un plan de desarrollo para estos fines. Lo que queda claro, vuelvo a insistir, es que Cuba tiene frente a sí un reto del tamaño de su oportunidad: ¡Enorme!

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