Bono educativo: ¡Se vale soñar!

He comprobado nuevamente que entre la gente bien intencionada y de buena voluntad hay grandes coincidencias y un enorme interés en aquellos temas que pueden significarnos un país mucho mejor. Las reacciones en relación a mi columna de la semana anterior así lo demuestran. Los “cuenta conmigo”, “gracias de verdad por compartir”, “coincidimos en todo lo que dices”, etcétera, no se hicieron esperar. Ojalá que el gobierno y quienes lo ejercen tengan claro el bárbaro potencial que significa esa energía ciudadana, cuando de cosas buenas se trata. Creo que es el caso de Aurelio Nuño.

Animado por esas reacciones, he decidido tratar también el tema del bono educativo, como otro mecanismo para fomentar el mejoramiento de la enseñanza, corresponsabilizando a los padres de familia. El sistema de bonos educativos comenzó en 1992, en Milwaukee, Wisconsin, como un experimento para mejorar la calidad educativa; tras 20 años de aplicación se ha observado en esa entidad una mejora en el desempeño de los participantes en lectura y entre estudiantes de minorías. Estos bonos funcionan como un subsidio que los padres reciben del gobierno. Los padres pagan la colegiatura con estos bonos a las escuelas en las que inscriben a sus hijos y, por tanto, las premian con el subsidio. Bajo este sistema, las escuelas deberán competir para ofrecer la mejor calidad y volverse más atractivas para obtener el subsidio que está en manos de los padres.

En la década de los cincuenta, Milton Friedman propuso este sistema de incentivos basado en los padres bajo la lógica de que ellos preferirían las mejores escuelas para sus hijos. A lo largo de estas dos décadas se ha experimentado con el tamaño del subsidio al ligarlo a las calificaciones del alumno, a la infraestructura o al salario de los profesores. También se ha experimentado con las escuelas en las que se pueden depositar estos bonos; actualmente se permite una competencia entre privadas y públicas.

Los bonos se entregan a padres de familia por debajo de la línea de pobreza o con hijos con discapacidad, los cuales optan en general por inscribir a sus hijos en escuelas privadas con estos bonos. El subsidio cubre la colegiatura de educación básica, secundaria y en algunos estados, preparatoria. Más allá de la lógica de competencia, los bonos también buscan incentivar una oferta de educación especial que no se encuentra en el sistema público.

Los resultados del sistema de bonos favorecen un mejor desempeño, para las minorías y familias de bajos ingresos, en matemáticas y lectura. Los estudiantes hispanos suelen tener un mejor desempeño en lectura cuando participan en programas de bonos que en el sistema tradicional. Por otra parte, los alumnos que han participado en estos programas tienen una tasa de egreso de preparatoria mayor que en las escuelas públicas tradicionales, así como una participación más alta en la educación universitaria.

El sistema de bonos tiene implicaciones más controvertidas que las Charter Schools y sólo 14 estados en EU lo han adoptado. Un problema que enfrenta este sistema es que los padres no poseen información perfecta o evalúan temas distintos de la calidad como ubicación, etnicidad o religión.

El sistema de bonos opera en Chile, Irlanda, Suecia y Pakistán. Chile adoptó este sistema en 1981. Los resultados de los alumnos que participan en el programa han sido favorables en evaluaciones nacionales y las niñas que participan tienen un mejor desempeño que fuera del programa; asimismo, existe un efecto de movilidad social. Sin embargo, existe una baja participación en el programa en el que sólo 10% de los alumnos en escuelas privadas paga con bonos.

Se ha criticado que el desempeño de Chile es similar al mexicano, al ocupar el penúltimo lugar en la prueba PISA de la OCDE, por lo que los resultados agregados en todo el sistema educativo son limitados. Entre los factores del bajo desempeño, las escuelas privadas en Chile producen una mejor calidad que las públicas, pero es aún insuficiente para los estándares de PISA. Por otra parte, existe poca competencia entre las escuelas privadas por atraer a los padres de familia, lo que hace que no concursen en el tema de calidad. Sin embargo, los resultados en otros indicadores generales son favorables; la deserción escolar en Chile es baja respecto a América Latina con alrededor del 1%, mientras que en México es de 7%.

La introducción de bonos educativos en Pakistán inició en 2006 en la provincia de Punjab. Pakistán focalizó su política de bonos en las familias urbanas que vivían bajo la línea de pobreza e introdujo el requisito de enviar a niños y niñas a la escuela si el hogar se beneficia con un bono. Algunos de los efectos reflejan qué programa posee un porcentaje mayor de niñas y se ha estimado un efecto de reducción del trabajo infantil en los lugares donde se ha aplicado. En los resultados de calidad, antes del programa el porcentaje de alumnos con bajos ingresos que alcanzaban calificaciones de 9 era de 1%, mientras que después del programa ascendió a 17%. El programa establece una cuota de alumnos de bajos recursos que las escuelas privadas deben cubrir.

La prueba PISA que la OCDE realiza para medir el desempeño en matemáticas y lectura de los alumnos de educación media superior arroja información sobre la hipótesis de la escuela privada. La OCDE señalaba para 2012 que “al comparar alumnos con el mismo nivel socio-económico, aquellos que están matriculados en escuelas privadas no tienen rendimientos más altos que aquellos matriculados en escuelas públicas.” Sin embargo, la promesa de los bonos es cambiar este nivel socioeconómico. Entre niveles de ingreso más alto, las escuelas privadas ofrecen más recursos para la enseñanza y resultados marginalmente mejores en la prueba. Pero al igual que Chile, las escuelas privadas en México enfrentan también un reto de calidad.

A riesgo de ser simplista, imagino que todo ese enorme presupuesto dedicado a todos los rubros de la educación se dividiera entre el número de alumnos y fuera entregado en efectivo a los padres, (obviando la costosa burocracia y los inevitables “trastupijes” entre los participantes), quienes podrían inscribir a sus hijos en escuelas privadas muchas de las cuales podrían ser propiedad de los mejores maestros de México. Ahí les dejo la mosca en la oreja. Aprovechemos que ¡se vale soñar!

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