¿Queremos y no podemos o podemos y no queremos?

Hace apenas unos días leí una nota en la que se daba cuenta de que en alguna parte del país, en donde gobierna el PAN, se distribuían mochilas escolares azules con evidente propósito proselitista, lo que me remitió irremediablemente a pensar en la forma en que en la Ciudad de México se otorgan un sinnúmero de beneficios sociales relacionados con los colores o símbolos del PRD. Y desde luego, me vinieron a la mente las incontables imágenes que a lo largo de mi vida he visto, que relacionan a los colores del PRI con obras públicas o prestaciones de diversa naturaleza. Todas esas acciones, igualmente cuestionables.

Ni hablar también de todos aquellos casos en que diversos funcionarios de todas las filiaciones políticas se ven involucrados directa o indirectamente con organizaciones criminales; lo mismo la diputada panista amiga del Chapo o el presidente municipal perredista y su señora relacionados con bandas criminales o el gobernador priista perseguido por ligas con el narcotráfico. Al pensar en todas esas actividades ilícitas y manipulaciones políticas indebidas, no puedo sino preguntarme si estamos para siempre condenados a padecer esos males, no importando el partido que nos gobierne.

Hoy en día, la alternancia ha puesto en evidencia que mucho de aquello que desde la oposición se condenaba en los tiempos del partido único, hoy son prácticas comunes en gobiernos encabezados por esas organizaciones otrora solamente opositoras. Inevitablemente, en mis cavilaciones, ahora desde la trinchera ciudadana, me pregunto si podemos cambiar, pero no queremos o si queremos ser diferentes, pero no podemos.

Cuando escribí el libro Claroscuros del Poder, en el que intenté una crónica reflexiva de mi vida, compartí con los lectores esos momentos que viví, en el que el partido al que entonces pertenecía perdió las elecciones para jefe de gobierno en la Ciudad de México y poco tiempo después aquellas en que se disputaba la Presidencia de la República. Momentos, ambos, en el que convivían en mí dos sentimientos encontrados. Por una parte, el sabor amargo de la derrota y, por el otro, aquel que producía la esperanza de que, ahora sí, alguien que no estaba atado a los compromisos y arreglos del sistema en el poder, podría cambiar todo aquello que quienes saldríamos no habíamos querido (¿o podido?) cambiar. Íntimamente, me consolaba en cierta medida con lo que señala la conseja popular: No hay mal que por bien no venga.

Era tal la fuerza del discurso de Vicente Fox, en su campaña política, lleno de esa tramposa retórica de las “alimañas y víboras prietas” que la mayoría se sumó incondicionalmente y lo respaldó convencido de que ese grandulón, de sombrero, botas y cinturón de hebilla grande, que aplastaba en el escenario dinosaurios de plástico, acabaría con todo aquello que históricamente nos había lastimado como país y demostraría que todo es cosa de tener voluntad política, de querer, para poder cambiar. Demostraría así que, desde luego, sí podíamos haber cambiado, pero que no habíamos querido hacerlo.

Todo resultó una fiesta pirotécnica, en la que aquellas explosiones de luz y de colores, que tanto animaron, quedaron reducidas a un montón de varas regadas por doquier. A manera de ejemplo destaca la perversa relación con los sindicatos que se habían apropiado de sectores completos de la economía, como parte de un “arreglo priista” históricamente condenado por Tirios y Troyanos, la cual siguió exactamente igual que antes…o peor. No podemos olvidar la forma en que, seis años después, Felipe Calderón ganaba las elecciones gracias al apoyo de Elba Esther Gordillo y sus huestes, lo cual recompensaría generosamente durante todo su sexenio. Otro arreglo que él, como presidente del PAN en su momento, hubiera rechazado categóricamente. Queda entonces claro que, en el mejor de los casos, si acaso quisieron cambiar, no pudieron hacerlo.

Toda esta reflexión viene a cuento en estos tiempos en que presenciamos otro capítulo de esta historia tan desafortunada, que nos muestra lo difícil que resulta cambiar de fondo las cosas que más urge cambiar. Me refiero a la experiencia vivida estos días con esa magnífica iniciativa ciudadana llamada 3de3, la cual reunió más de 600,000 firmas y así llegó al poder legislativo, respaldada (supuestamente) por todos los partidos políticos. Una experiencia verdaderamente ciudadana, que me estimula especialmente precisamente porque estoy convencido que ya no hay de otra que la fuerza de la ciudadanía para cambiar las cosas. Y que me frustra e indigna, pues pareciera que quienes elaboran y aprueban las leyes, o no quieren o no pueden hacer lo que la ciudadanía demanda.

Me queda claro que ninguno de los partidos políticos ha comprometido de verdad su apoyo para hacer realidad aquella iniciativa, pero indudablemente me llama especialmente la atención que los políticos del PAN y PRD tampoco la apoyen, llegando al grado de que muchos de sus miembros más destacados incluso se han resistido a hacer públicos sus bienes, sus declaraciones fiscales e intereses en posible conflicto.

En el año 2000 hice pública mi declaración de bienes, ante todas las mentiras que se dijeron sobre mí y mi forma de actuar. Presenté un reporte con fechas y valores de adquisición de cada bien que me pertenecía o a mi familia. Reseñé todos los ingresos que había tenido desde que inicié mi carrera política e hice un recuento y valuación de cada bien que a esa fecha poseía. A diferencia de muchos de quienes entonces me criticaron y que hoy son omisos en este aspecto, lo quise hacer y lo pude hacer. Me queda claro, por desgracia, que en el caso de muchos políticos de todos los partidos, habiendo podido hacerlo, no lo han querido. Lo que no me queda tan claro (pregunta ésta que flota en el ambiente) es: ¿Por qué?

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