No me ha resultado fácil titular esta columna, de manera que surgiera con precisión aquello a lo que me quiero referir o aquello que me propongo sugerir. Pensé en títulos como: ¿tendremos que aprender nuevamente a leer? ¿Políticos o ciudadanos analfabetas? ¡Aprendan a leer! Y finalmente he optado por éste, pues estoy convencido de que algunos –sean los políticos o los ciudadanos– no están pudiendo leer con claridad las señales y están optando por alternativas francamente riesgosas.

Lo mismo leyendo un espléndido artículo del Washington Post, escrito por Max Ehrenfreund y Jim Tankersley, titulado “What Donald Trumpo wants to do to America”, en donde, entre otras cosas, se consignan sus imprecisiones y contradicciones o conociendo de la victoria hace dos días de Rodrigo Duterte, candidato “antisistema” a la presidencia de Filipinas o viendo cómo un comediante gobierna Guatemala, me inquieta lo que está sucediendo en el ánimo de los electores al inclinarse por estas opciones y en la incapacidad de los políticos tradicionales para reinventarse y conquistar las simpatías ciudadanas. De este nuevo cóctel, lo que específicamente me alarma son las consecuencias que se pueden derivar de todo esto.

En la actual experiencia electoral americana, lo mismo en el caso de Sanders (Partido Demócrata) que en el de Trump (Partido Republicano), veo un pueblo que parece convencido de votar por todo aquello que se aparte de lo que conocemos como el establishment, inclinándose por aquello que no se parezca en nada a lo que tradicionalmente se ha identificado como “político”. Hoy en día, los ataques personales, las agresiones a periodistas o inmigrantes y la estridencia, aún llena de imprecisiones y vaguedades, parece ser lo más convincente.

Así hemos visto avanzar a Donald Trump hasta convertirse en el virtual candidato republicano a la presidencia de los Estados Unidos de América, con una propuesta que ni siquiera puede calificarse como clara. Pero lo más curioso de todo es que sus proposiciones contienen medidas que parecen diferir de todo aquello que tradicionalmente ha sostenido o defendido el partido del cual será, aparentemente, candidato.

Como bien señala el artículo referido al inicio, más allá de proponer cosas concretas como revisar el libre comercio o deportar inmigrantes y bloquear el acceso a refugiados musulmanes o construir un muro en la frontera con México, todo lo demás parece vago y contradictorio. Sus propuestas fiscales, por ejemplo, incluyen una importante reducción en la tasa del impuesto a corporaciones, y a los más ricos del país y en materia de gasto, al tiempo que habla de elevar el gasto de defensa e infraestructura, apoya la prevalencia del sistema de seguridad social, asegurando que en los próximos 8 años liquidará la deuda de su país. Obviamente no ha surgido el analista económico que considere estos propósitos compatibles, aunque seguramente en este aspecto sí celebran las élites republicanas que los efectos beneficiarán más a las clases favorecidas que a los pobres.

En seguridad social, el Partido Republicano se opuso a la propuesta de aumentar el gasto público, sosteniendo que resulta necesaria su privatización parcial, pues es financieramente insostenible. Sin embargo, Trump ha afirmado que sostendrá al programa tal como existe en la actualidad. Pero este tema no ha sido la excepción en sus imprecisiones o abiertas contradicciones, llevándolo a cambiar constantemente de opinión.

En materia de comercio, no obstante que los republicanos han coincidido con Obama en la importancia y conveniencia de seguir en la ruta del libre comercio, son públicas sus posturas en torno a estos menesteres, al buscar una política más proteccionista frente a México y China. Una propuesta que ha mencionado es cobrar tasas del 35% a las importaciones mexicanas y chinas, junto con un 20% de impuesto a bienes de otros países. También se ha opuesto al Acuerdo Transpacífico y al Tratado de Libre Comercio, al comentar que fueron errores que permitieron que las empresas estadunidenses instalaran plantas fuera de su territorio. Este punto resultó atractivo para sus votantes cuando se refirió a traer de vuelta los empleos de las plantas que se instalan en el exterior.

En el caso del señor Durtete, ganador de los comicios presidenciales en Filipinas, al grito de “¡Olvidad las leyes sobre los derechos humanos!”, se elevó sobre su más cercano contendiente por más de 5 millones de votos. Para abatir la pobreza, dice, debemos acabar con el crimen y para ello “hace falta saltarse a una justicia ineficaz y corrupta y ordenar a las fuerzas de seguridad la eliminación de los criminales”. “Si soy elegido presidente, haré exactamente lo que hice como alcalde. Vosotros, traficantes, atracadores y canallas, sería mejor que se vayan, porque los voy a matar”, advirtió. El abogado y alcalde amenaza además con establecer un gobierno unipersonal, si los legisladores le desobedecen.

En un país donde 80 por ciento de sus habitantes son fervientes católicos, Duterte se permitió incluso insultar al papa Francisco. En un discurso para lanzar su campaña el año pasado, lo calificó de “hijo de puta”, por haber provocado atascos durante una visita al archipiélago. Y éste es el candidato que acaba de lograr una victoria contundente en la carrera por la presidencia de su país.

Sé que más de uno de mis lectores dirá que estoy evadiendo reconocer que todo esto es, en buena parte, fruto del hartazgo por la falta de soluciones de fondo a la situación que preocupa a la mayoría de los ciudadanos. No es así, no soy ingenuo y lo entiendo. Pero más allá de comprender lo que aparece en la superficie, mis dudas se refieren a si éstas serán soluciones de verdad. No puedo olvidar la forma en que Hitler llegó al poder en Alemania, llevado ahí con el frenético apoyo de una masa tan irracional como intolerante.

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