Hoy que se han renovado los gobiernos de más de diez entidades federativas, me pregunto si finalmente ha llegado la hora de los estados de la república. La hora de su crecimiento, su fortaleza financiera, su capacidad de planear y promover adecuadamente su desarrollo, la hora de garantizar la vigencia del estado de derecho y la integridad personal y familiar de sus habitantes; de responsabilizarse en los hechos y todos los días, de la vigencia de un sistema auténticamente democrático, con verdadera autonomía de sus órganos electorales, independencia de sus poderes que genere contrapesos y privilegie la rendición de cuentas y la transparencia. Y no hablo de algún partido en particular, sino de todos.

Mi primer trabajo fue en el gobierno de un estado de la república y, tanto ahí como en posteriores cargos en la administración federal, siempre en contacto con emprendedores de todo tamaño de empresas, pude constatar lo determinante que son, para bien o para mal, los gobiernos locales, ya sean municipales o estatales, especialmente en lo que hace al desarrollo económico que, a mi modo de ver, merece hoy la mayor atención. Sigo convencido de que, en tanto no seamos capaces de generar suficientes empleos formales, bien remunerados y permanentes, no habremos de solucionar muchos otros problemas, como son la violencia o el crimen organizado. Mientras no hagamos una realidad la igualdad de oportunidades, no seremos capaces de generar convivencia armónica y paz social.

Y en este orden de ideas, creo que está en buena medida en manos de los gobiernos estatales propiciar crecimiento y empleo. Pero para conseguirlo, tendrán que, como dicen ahora los chavos, “cambiarse el chip y ponerse las pilas”. En primer término, entendiendo que si algo se ha modificado radicalmente en los últimos lustros, es la forma en que se produce, se crea valor y se compite. El mundo de hoy es uno donde el conocimiento y la innovación juegan un papel que antes no tenían. Un mundo en donde el internet de las cosas o la economía compartida, por citar solo dos ejemplos, lo han cambiado todo, dando paso a un mundo en donde puede ser más importante en un par de años una startup financiada a través de un proceso de crowfunding que una empresa familiar con décadas de existir.

Apenas el viernes anterior tuve la oportunidad de participar en un seminario de innovación, auspiciado por Amplify (www.amplifyinnovation.com), la empresa consultora en innovación que dirige ahora Óscar, mi hijo, en Latinoamérica. Ahí, Ralph J. Rettler, presidente mundial de la firma, nos mostró las principales tendencias en el tema y nos dejó pensando alrededor de la complejidad del reto de innovar sistemáticamente. Del reto y la oportunidad que esto encierra. En este sentido, Quirino Ordaz, Omar Fayad, Carlos Joaquín, Alejandro Murat, Miguel Ángel Yunes, Martín Orozco, Alejandro Tello, Francisco García, José Antonio Gali o Marco A. Mena están obligados a innovar constantemente, creando más valor en sus territorios. Sólo así evitarán que dentro de seis años se viva nuevamente el desencanto que reina con la mayoría de sus antecesores, que tantas esperanzas generaron.

El modelo de un distrito de innovación es una alternativa para atraer actividad económica a una entidad. Estos distritos son regiones altamente conectadas que ofrecen incentivos a la instalación de empresas e individuos capacitados que desempeñan actividades en un sector. Los distritos de innovación combinan un conjunto de startups e incubadoras. Las incubadoras delegan parte del riesgo de innovar sobre las startups a cambio de financiamiento e infraestructura. Para que este vínculo ocurra es necesaria una red de innovadores.

Una experiencia icónica en la creación de distritos de innovación es San Francisco. La instalación de Twitter, Dropbox y Zynga en San Francisco ha llevado a que compañías afines de servicios digitales se instalen en la ciudad. En lugar de dirigirse a Silicon Valley, los innovadores buscaron una conexión más cercana a los centros urbanos. La actividad innovadora se instaló antes de la acción gubernamental. De manera posterior a la instalación de las empresas, el gobierno de la ciudad reaccionó. La ciudad propone entonces ahora el fomento de festivales de tecnología y emprendimiento.

La torre MaRS en Toronto se conformó como un espacio acondicionado para empresas de innovación. La Ryerson University pidió al gobierno provincial de Ontario un espacio para instalar un laboratorio; pero ni la universidad ni el gobierno poseían recursos para realizar esta obra. Al mismo tiempo, el gobierno preparaba un rescate financiero de la torre MaRS. El gobierno decidió dar a la universidad la torre con el objetivo de generar un proyecto rentable de investigación. Los patrocinadores y el gobierno de Ontario constituyeron una asociación que gestiona la torre para atraer y hace concursar a las empresas que entrar al clúster. MaRS ofrece asesoría y financiamiento para quienes buscan instalarse en el edificio.

Una experiencia exitosa puede observarse en el Distrito de Innovación de Barcelona, 22@. La renovación de la vivienda en el distrito de Poblenou en el año 2000 dependió de un esfuerzo del gobierno local para la reparación de viviendas, el drenaje y pavimentación, así como la instalación de 47 km de fibra óptica. Tras la renovación, inició un proceso de subsidio a la propiedad para atraer empresas. También la ciudad introdujo un mecanismo institucional de coordinación, el 22@Network, con el fin de comunicar las actividades que realizan las empresas en el distritito y mantener reuniones mensuales con representantes de los participantes en el clúster.

Podríamos seguir con páginas completas de ejemplos sobre la nueva forma de hacer las cosas, en el preludio de esta cuarta revolución industrial, pero mi intención es sólo dejar flotando en el ambiente el cuestionamiento acerca de la forma en que los nuevos gobernantes están obligados a ver su papel en el desarrollo de sus estados. ¿Están en sintonía con los casos que cito líneas arriba? ¿Conocen estos términos y tendencias? ¿Están dispuestos a pensar y a ver las cosas de diferente manera? Si las respuestas a esto son negativas, me temo que entonces no ha llegado aún la hora de los estados de la república.

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