Ahí estábamos todos conmocionados alrededor del televisor el 22 de noviembre de 1963, observando las terribles escenas relacionadas con el asesinato del presidente John F. Kennedy. En mi casa se le quería y admiraba, lo mismo que a su bella esposa, que ahora salía huyendo del automóvil moviéndose a gatas sobre la cajuela con sangre y restos de masa encefálica, con una expresión de angustia y terror que no habré de olvidar jamás. En el asiento posterior yacía herido mortalmente su marido.

La simpatía, sonrisa y galanura de Kennedy, así como su destacada capacidad para conectar con la gente a través de una oratoria única, y el hecho de que fuera católico y que su esposa hablara español, se sumaban a una visión de vanguardia hacia el resto del continente, en especial hacia los países al sur. Todo ello lo hizo tan popular en Latinoamérica, región en la que extrañamos ahora esa visión de aquel presidente demócrata, que se tradujo en el lanzamiento de lo que se conoció como la Alianza para el Progreso. Especialmente añorado ahora que constatamos la corta y miope visión que sobre nuestros países tiene el virtual candidato republicano Donald Trump, entre otros políticos norteamericanos.

La Alianza para el Progreso era un ambicioso proyecto de cooperación para América Latina con el fin de ayudar a “construir un hemisferio en el que todos los hombres puedan tener la esperanza de un estándar de vida apropiado, en el que todos puedan vivir su vida con dignidad y libertad”. Por vez primera se adoptaba un enfoque de cooperación económica para el desarrollo. Kennedy tenía razón al concebir que, solo mediante el desarrollo de los países latinoamericanos, se podría alcanzar paz y armonía en la región, además de fortalecer un mercado natural y cercano para las empresas de los EU. Claramente se señalaba que el objetivo de esta Alianza era ayudar a “nuestras repúblicas hermanas… a convertir las buenas palabras en buenas obras, en una nueva alianza para el progreso, para ayudar a los hombres libres y a los gobiernos libres a emanciparse de las cadenas de la pobreza”.

La Alianza se firmó en 1961 en Punta del Este, Uruguay, donde los representantes de Estados Unidos y de los países de América Latina suscribieron una carta para impulsar la reforma agraria e impositiva, la gobernabilidad democrática y la modernización económica. En el marco de la Guerra Fría, la Alianza proponía crear políticas sociales y económicas orientadas a la igualdad. Entre estas se encontraba una mejor distribución del ingreso, cambio a la tributación y reforma agraria. La racionalidad de la Alianza se basaba en que los problemas de desarrollo social en América Latina podían poner en riesgo a los regímenes democráticos.

Kennedy destacaba que la cooperación no tendría paralelo y su magnitud sería mayor de lo que se había hecho en el pasado. El plan, inspirado en el Plan Marshall, consistía en aportar 20,000 millones de dólares por parte de Estados Unidos, mientras que los gobiernos de América Latina aportarían 80,000 millones de dólares en fondos de inversión durante un plazo de 10 años. Las metas de la alianza eran: aumentar en 2.5% el ingreso per cápita; mantener gobiernos democráticos; eliminación del analfabetismo para 1970; estabilidad de precios, y distribución equitativa del ingreso y la tierra.

Los recursos de la Alianza se utilizaron para la construcción de viviendas, escuelas, aeropuertos, hospitales, clínicas y proyectos de purificación de agua, así como textos escolares. También significó un momento de apertura comercial en un periodo proteccionista de la historia de América Latina; la Alianza proponía reducir los aranceles en 27 por ciento para 2,500 productos.

Este esfuerzo de cooperación pudo combinarse con el desarrollo estabilizador en América Latina. Para México, se estimaba que podría significar un crecimiento de 7%, respecto al 5.5% de ese año. El gobierno mexicano detectó que los recursos de la Alianza serían un apoyo importante para enfrentar retos internos de desarrollo como el tamaño reducido del mercado nacional, el bajo dinamismo del sector agrícola y los recursos públicos provenientes de la tributación.

La Alianza es heredera de los primeros acercamientos regionales de la política de buena vecindad durante la Segunda Guerra Mundial. En su discurso inaugural, Kennedy llamaba a “empezar nuevamente” la relación con América Latina. La Alianza marcó un nuevo tipo de política exterior con América Latina; la política de cooperación económica. Esto es una evolución en la relación entre Estados Unidos y la región que no involucra paternalismo ni intervención.

En el interior de Estados Unidos, la Alianza enfrentó resistencia en el Congreso para financiar el programa. Asimismo, la implementación en Estados Unidos y en América Latina fue incompleta, lo que impidió cumplir algunos de sus objetivos. La Organización de los Estados Americanos disolvió al comité implementador en 1973. Sin embargo, inició una historia de cooperación y un cambio en el papel de Estados Unidos como socio en la región.

La Alianza no fue un esfuerzo regional aislado. Ese mismo año, Kennedy promulgó la Foreign Assistance Act, que crea la institución de USAID. Esta permanece como la institución más relevante de cooperación económica internacional del gobierno estadounidense. Durante su historia, la institución ha cambiado de una perspectiva de asistencia técnica y de capital a un enfoque de ayuda para el desarrollo social, democratización y derechos humanos.

La presidencia de Kennedy fue un periodo de retos globales en seguridad para Estados Unidos. Pero su visión en el discurso inaugural balanceaba dos objetivos: “el ser humano tiene en sus manos el poder para abolir toda forma de pobreza, pero también para terminar con toda forma de vida humana.” Esto lo llevó a no cerrar fronteras por el tema de seguridad, sino a participar más activamente contra la pobreza en el mundo.

Me sorprende y preocupa que los demócratas, y en especial Hillary, no tengan una propuesta que oponer a la visión de Trump para la región, similar a la de Kennedy. Que con el TPP enfrente no hayan encontrado la forma de proponerlo como un instrumento de progreso para nuestra región, que bien podría verlo como la nueva Alianza para el Progreso que, abarcando a toda América, podría lograr la suficiente masa crítica para competir con otras regiones como Asia o Europa.

Quizás, conociendo a Claudia Ruiz Massieu y viendo que ha decidido asumir los riesgos de una posición proactiva, frente a la comodidad de ser espectadora del desastre, le podría yo proponer que ella fuera la que le dijera a Hillary “Just remember Kennedy, my friend”.

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