¡No puedo creerlo! ¡Júramelo! ¡No manches, no puede ser! ¡Me cae que ya no hay límites! ¡Sólo en México pasa eso! Fueron algunos de los comentarios que, acompañados de expresiones de asombro, indignación o francamente risa, siguieron a la narración de una anécdota que viene a cuento, ahora que la palabra corrupción llena el ambiente y que tirios y troyanos se empeñan en desentrañar los orígenes y las explicaciones de la presencia de este flagelo en la sociedad mexicana.

La comida en la casa de un muy querido amigo se alargaba ya por varias horas y la conversación, amable y amena, iba y venía por los más diversos tópicos, hasta que, como sucede ahora en la mayoría de las reuniones de esta naturaleza, llegó al tema de la corrupción, sus consecuencias y las inevitables anécdotas que ilustran su existencia y alarmante expansión. Fue en ese tenor de la plática que nuestra anfitriona tomó la palabra, advirtiéndonos que “lo que sí ha sido el colmo, es lo que sucedió con mi hija y con su novio, hace apenas unos días”.

Resulta, platicaba nuestra amiga, que el novio de su hija, un muchacho alemán se encontraba de visita en San Miguel de Allende por unos días, cuando surgió la idea de que visitara la Ciudad de México. Jóvenes millenials al fin, trotamundos como son, los muchachos consideraron que no había que perder la oportunidad, aprovechando además que podría hacer la visita trasladándose en el coche de ella, quien no lo podía acompañar por razones de trabajo y hospedarse en casa de sus papás en la capital. Sólo bastaría alimentar el Waze con los datos de la dirección y lo guiaría sin problemas. Lo demás, estaría resuelto con el apoyo de familiares y amigos en la CDMX.

Así las cosas, sin más ni más, con los datos en la app y registrados todos los teléfonos de amigos y parientes, por cualquier imprevisto, una pequeña maleta y la bendición de la novia, salió feliz a su aventura a quien arbitrariamente bautizaremos como Gunther. “¡You will love our great capital!”. Fueron las últimas palabras que escuchó después del beso de despedida.

Cabe decir que mientras organizaban el viaje, repasando el directorio y las instrucciones en caso de emergencia, en la maravillosa Tenochtitlan, otrora la región más transparente, como la bautizaría Carlos Fuentes, se dictaban medidas para afrontar una contingencia ambiental que restringían la circulación de… ¡atinó, mi querido lector!, el vehículo que transportaría a Gunther. Ajenos como son los habitantes de otras ciudades a estos menesteres que solo afectan a la megalópolis, a nadie se le ocurrió ni pensar en esta posibilidad y así, quitado de la pena, salió muy tempranito el teutón de marras al otrora Distrito Federal.

Apenas se encontraba en las calles de la ciudad, una patrulla le hizo la indicación de detenerse, lo cual hizo de inmediato. Acto seguido, se acercó el patrullero al cristal recién abierto para hacer a Gunther el señalamiento de que había violado la restricción para circular que tenía su vehículo, dada la terminación de su placa de circulación. Sobra decir que nuestro visitante, que no entendía ni jota de español, solo hacía señales queriendo explicar su incomprensión, hasta que, recordando las indicaciones recibidas, decidió marcar el número de su novia, pasando el teléfono al oficial de la policía.

—Señorita -dijo el gendarme- estoy tratando de explicarle al señor que su vehículo no puede circular el día de hoy, debido a la contingencia ambiental, pero no me entiende. —¡Claro que no, oficial, él es alemán, y está de visita por un par de días en la Ciudad de México, a donde lo alcanzaré yo posteriormente. —Pues lo siento, damita, creo que tendrá usted que explicarle que debemos llevar su auto al corralón y deberá cumplir con las sanciones correspondientes.

Contraria como es normalmente a sobornar a la autoridad, solo de imaginar el viacrucis que iniciaría Gunther sin hablar español y pensando que no habría otro remedio, se atrevió a preguntar: —¿No habrá otra forma de arreglarlo, oficial? ¡Tome en cuenta las circunstancias! —Pues mire, señorita, las cosas se han puesto muy difíciles y esto está penadísimo. Solo que esté dispuesta a que nos entregue la cantidad de mil pesos, lo podríamos dejar ir. —¡¿Mil pesos?! -exclamó indignada-. ¡Está usted loco, eso es mucho dinero!

—Bueno, dijo, agregando algún atractivo a su propuesta, no es tanto si considera que le podremos dar una notita con un código secreto para que cualquier compañero que lo detenga más adelante sepa que ya cumplió con nosotros y ya no lo moleste.

Indignada, pero considerando las alternativas y que estaría adquiriendo cierta inmunidad, movida por ese amor joven y bello, le comunicó a Gunther lo que debería hacer, ofreciéndole que más tarde le explicaría lo sucedido.

Sin entender absolutamente nada de lo que pasaba, el enamorado entregó dos billetes de 500 pesos “muy bien dobladitos” y recibió la última indicación: “Te dará un papel con un código que deberás mostrar a cualquier otro oficial que te detenga para evitar problemas”.

Retomó la conducción del vehículo, siguiendo las indicaciones de Waze, y cuando estaba a unas cuantas cuadras del domicilio al que se dirigía, llamaron su atención un par de luces azules y rojas y un sonido fuerte que lo sobresaltó, y se percató de que le indicaban que se detuviera. Así las cosas, lo hizo y de inmediato buscó la patente de corso que había recibido, entregándosela confiado al oficial, el cual lo leyó, quien solo expresó algo ininteligible.

Nuevamente la llamada a la novia y la indicación de ella para que le pasara nuevamente al oficial, quien, al tomar la llamada, fue cuestionado —¿No le entregó el papel con el código, oficial? —¿De qué código habla?, solo me está entregando un papel que dice: ¡Este gringo trae lana!

No sé cuál sea la expresión que haya provocado en ti, querido lector. Pero no cabe duda que, por “chistoso” que parezca, mueve a una profunda reflexión que deberemos hacer en una futura columna… Por lo pronto, yo me quedo con ¡No manches!

Leave a comment