Como era de esperarse, muchos de mis lectores reaccionaron a lo escrito en este espacio la semana anterior en la columna llamada “Este gringo trae lana”. Algunos de ellos empezaron el comentario que me enviaron con el ya clásico ja ja ja, cada vez se hace más común en los chats o en los correos electrónicos. Una extraña forma de comunicar una carcajada o una risotada, la cual surgió, me dicen, cuando leyeron lo que decía el supuesto código de inmunidad. Pero otros se quedaron con el ¡No manches! Y hubo quien me escribió: yo me quedo con un ¡Qué poca madre!

Por lo que hace a la reacción de los primeros, desde luego, entiendo que esto parezca simpático, pues es una muestra (lamentable, a mi parecer) de imaginación y creatividad. Una muestra más, como muchas que vemos cotidianamente, de eso de lo que hemos llegado a sentirnos orgullosos y que identificamos como el “ingenio de los mexicanos”. Pero más allá (mucho más allá, diría yo) de lo simpático de la anécdota, conviene reflexionar sobre lo que quiere decir que seamos tan capaces de sorprender al otro, de burlar la ley y los controles, de desdeñar las reglas y de aprovecharnos de un descuido de alguien, entre otras actitudes.

Actitudes que han llegado a sugerir que somos intrínsecamente corruptos o como se suele decir popularmente, “chuecos”. Recientemente hemos visto incluso un debate en el que se ha llegado a afirmar que esto de la corrupción atañe a toda la sociedad y que es hasta un problema “cultural”. Conviene ventilar todo esto, pues no hay duda de que como sociedad estaríamos fregados (como dice el título) si este tipo de conductas son las que caracterizan más a nuestra convivencia y no se ve para ellas ninguna solución.

Terminando mi amiga la anécdota que les he compartido, compartí con la mesa otra vivencia que recién me platicaron en la que también interviene un extranjero (parece que suizo) que viaja acompañando a un mexicano en su vehículo en un viaje largo al sur del país. Después de varias horas, un tanto aburridos por la carretera, el suizo, buscando un tema de conversación, le pide al mexicano que le traduzca los letreros, a lo que nuestro connacional accede encantado.

Llega el primer letrero y el mexicano lee el letrero en voz alta: “No deje piedras en el pavimento” y el suizo, sin ocultar su extrañamiento y alarma, exclama: ¿Cómo?, ¡¿aquí hay personas que dejan piedras en el pavimento?! Después de intentar alguna salida inteligente a la pregunta, sin conseguirlo, el amigo mexicano lee al suizo el siguiente letrero: “Si toma, no maneje”. Igualmente intrigado, el visitante inquiere: ¡¿Beben cuando conducen?! Ya se imaginarán las preguntas que surgieron cuando le leyó: “No destruya las señales” o “No rebase en curva”.

En esta reflexión que hacemos cabe también esta anécdota, pues, por lo menos a ojos de este hombre, muestra a una sociedad en la barbarie que tiene que ser constantemente llamada a la civilidad. Y espero que no le haya tocado algún bloqueo o un grupo de encapuchados deteniendo a los vehículos con una cuerda y pidiéndoles alguna cooperación.

La pregunta aquí es si estamos condenados (fregados) a vivir siempre en esta situación. Y la respuesta creo yo que radica en la capacidad que tengamos de lograr que impere lo que se conoce como el estado de derecho, y encontremos la forma en que siempre se cumpla lo dispuesto por la ley, lo que pasa, desde luego, por el principio de que no se negocie jamás la misma.

Yo de ninguna manera acepto que esto esté irremediablemente arraigado en la naturaleza de los mexicanos. Me parece que quienes así lo afirman lo que buscan es que las cosas sigan igual para aprovecharse. Total, si no hay remedio… Quizá estoy más dispuesto a aceptar que reina una “cultura” de corrupción, pero en el sentido de que hemos aprendido a vivir con ella y a beneficiarnos de las posibilidades que brinda para ahorrarnos una fila, un trámite o el pago de alguna infracción. Más bien soy optimista respecto al tema y pienso que los mexicanos, desde luego, somos capaces de comportarnos respetando la ley. Y para demostrarlo, cito tres ejemplos.

El primero, el caso de aquellos mexicanos que cruzamos la frontera hacia el norte y pareciera que apenas lo hacemos somos otra persona: no tiramos las latas de cerveza por la ventana del bus, ni nos pasamos un alto, ni faltamos el respeto a un policía. Y no lo hacemos, pues creemos que no podremos negociar con nadie para evitar las consecuencias.

El segundo, que llama verdaderamente mi atención, es el relacionado con las infracciones por exceso de velocidad en los segundos pisos, en donde una cámara, al detectar un vehículo que viola el límite de velocidad, automáticamente emite la multa que días más tarde llegará a la casa del infractor, sin ninguna posibilidad de negociar con nadie. ¿Resultado? Los vehículos transitan dentro del límite señalado.

Y finalmente, me referiré al alcoholímetro, el cual ha logrado —por las razones que sea— ganarse la fama de ser implacable e innegociable. Incluso, raro en México (y muy eficaz en términos de ejemplaridad), ha logrado aplicarse también a personajes influyentes. Quizá también sea el caso de los hijos de mis lectores, pero los míos y sus amigos ahora prefieren tomar un Uber que el riesgo del alcoholímetro.

En estos casos, los mismos mexicanos actúan diferente, pues impera auténticamente la ley. Quizá lo que hay que hacer es extender la práctica, antes que aceptar que estamos fregados para siempre.

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