En cierto modo, en el tema magisterial (y educativo en general), creo que estamos atrapados en nuestros arreglos perversos, lo que provoca una “ceguera de taller” que impide pensar en que las cosas las podríamos estar haciendo en forma completamente diferente. Tantos años haciendo todo de la misma manera, creando y alimentando intereses gigantescos, nos tiene sólo dando vueltas a la misma situación torcida. Me explico.

La CNTE y el SNTE son dos criaturas hermanas engendradas por el mismo sistema, al cual de una manera u otra ahora coaccionan y tienen contra la pared. Bien podrían ser Caín y Abel, respectivamente, y ambos se asimilan, me parece, a la criatura creada por el famoso Doctor Frankenstein, que se volvió en contra de su creador para destruirlo.

Conozco menos a la CNTE que al SNTE, dado que la relación “institucional” del sistema al que serví durante muchos años era más bien con esta última organización, la cual ha jugado tradicionalmente el papel de Abel, como un ser dócil y bien portado. Durante muchos años tuve relación política con Elba Esther Gordillo, a quien reconocíamos todos como una poderosa dirigente sindical, cuya influencia en el sector educativo era incuestionable y a quien todos mirábamos como la única que podía mantener orden y estabilidad entre las filas del magisterio organizado. Parecía ser la única capaz de contener a la disidencia en su sector.

El gobierno de Ernesto Zedillo, al cual pertenecía yo, mantenía acuerdos con dicha lideresa y como resultado de dichos acuerdos, el actual dirigente del SNTE, Juan Díaz de la Torre, colaboró en mi administración como subdelegado en la delegación de Coyoacán, desempeñándose con eficacia. Estos acuerdos formaban parte de todo ese entramado tipo feudal sobre el que, desafortunadamente, se construyó buena parte de este atribulado México en el que vivimos.

Fue precisamente otorgando “feudos” a diversos actores como se aseguró su lealtad e incondicionalidad. Ello sucedió lo mismo en los medios de comunicación que en el sector educativo o en el petrolero, por mencionar sólo algunos relevantes. Concesiones, puestos públicos, contratos, candidaturas, entre otros privilegios o prebendas formaron (¿y forman?) parte de esos arreglos perversos que a la larga han contribuido al deterioro de los sectores en que existen.

Por lo que hace a la CNTE, tuve trato con algunas de las secciones sindicales asentadas en la Ciudad de México que hoy forman parte de esa corriente a la que identifico como Caín, por su actitud rebelde y contraria al régimen político encabezado por el PRI. Secciones muy combativas del sindicato magisterial que eran opositores de la dirigencia nacional y que detentaban una gran carga ideológica, comprometidos con la lucha por causas sociales que iban más allá de las cuestiones educativas. Identificados en aquel entonces con la izquierda y en particular con el PRD, constantemente hacían causa común. Sabíamos bien que estas células merecían una atención especial, junto con otras organizaciones relacionadas con el sector educativo, como la Universidad Pedagógica Nacional y otras escuelas normales.

Con el tiempo esta disidencia magisterial se fortaleció y radicalizó hasta constituirse en otra fuerza sindical, la cual, mientras luchaba contra el SNTE y buscaba la quijada de burro para terminar con él, consolidaba y defendía también prebendas y privilegios. No se trataba de acabar con aquellas prerrogativas que lastimaban al sector educativo, sino de hacerse del poder total para manejarlos ellos. Nada nuevo bajo el sol. La CNTE y el SNTE pueden diferir en muchas cosas, pero no en lo que hace a mantener sus “conquistas” sindicales, entre otras cosas, porque son las que les dan lo que requieren para mantener su poder y alimentar su capacidad de movilización.

Plazas heredables, comisiones en el sindicato, remuneraciones excesivas, faltas toleradas, por mencionar algunos solamente, forman parte de esos beneficios, los cuales no serían quizás tan perniciosos si no se tradujeran en una educación de tan mala calidad como la que reciben nuestros niños, a decir de organismos internacionales que la han evaluado y calificado. Por ello, la reforma educativa (y casi todos los planteamientos serios en la materia) ha propuesto terminar con dichas prácticas, lo que en los hechos está resultando sumamente difícil. Y ahí estamos entrampados: unos empujan que se modifiquen las cosas y otros se resisten a ello con todo.

En estas circunstancias me pregunto si no sería el momento de que Enrique Peña Nieto, Aurelio Nuño y Miguel A. Osorio Chong atendieran a la advertencia de Albert Einstein de que “haciendo lo mismo, tendremos los mismos resultados”, y se aventuraran a hacer cosas distintas, por ejemplo, instaurar, como política pública, el Bono Educativo, como una forma diferente de gastar el dinero público, entregándolo a los padres de familia para que inscriban a sus hijos en escuelas privadas. Bonos educativos que en la etapa de la educación superior se tradujeran en créditos blandos para que los chavos fueran a las universidades de su preferencia.

Me pregunto si no serían más fructíferos los esfuerzos de los empresarios, si en vez de pelear judicialmente con la CNTE financiaran, conjuntamente con las instituciones financieras y con apoyo de la banca de desarrollo (otorgando garantías y fondeo), a buenos maestros (que podrían gozar de un retiro anticipado también), para que abrieran cientos de escuelas privadas en donde los de la CNTE no quieran dar clases. Apuesto a que veríamos incluso a algunos de sus compañeros animándose mejor a eso que a vivir bloqueando carreteras.

¿O porque no un programa similar a las Charter Schools de las que ya hablé en una columna anterior, que han permitido en los EU que la sociedad se involucre directamente en el desarrollo de las escuelas? Yo (y creo que muchos de mis vecinos) encantado de dedicarle tiempo a mi querida prepa de Los Saucos, en Valle de Bravo.

Y si los recursos para todo esto son insuficientes ¿Qué tal una emisión de valores por parte de Nafin que, con una pequeña tasa real, sirva para financiar estos esfuerzos? Yo encantado comprometo una cantidad mensual que al paso de los años garantice un monto suficiente para que mi nieto estudie una carrera. A ver cuáles de mis lectores se animan a promover todo esto.

¿O vamos a seguir toda la vida rogando a estas chinches que vuelvan a clases y echen a perder más niños? ¿O alimentando al cocodrilo para meternos a la cama con él? ¡Ya chole! Salvemos la educación, no los privilegios de los señores feudales. Atendamos a la sabiduría popular que aconseja: ¡A cabrón, cabrón y medio!

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