tumba

Reflexiones ante mi tumba

El lugar me impone. Me impone y me confronta conmigo mismo. Será porque ahí, aunque parezca un contrasentido, viven los muertos. Mis queridos muertos. Seres entrañables que han emprendido un viaje sin regreso antes que yo. Un santuario en medio del bosque, en el que reposan los restos mortales de mi suegro, mi mamá o mi sobrina, o en donde yace el vivo recuerdo de otros, como mi padre o mis abuelos. Un espacio sublime, rebosante de paz y naturaleza. Columnas verdes de enormes pinos que sostienen un cielo hermoso, azul, coronado de nubes; un recinto que he dispuesto que albergue en su momento mis restos mortales, mi tumba.

He tomado un especial gusto por visitar ese espacio y reflexionar ahí; quizás sea una forma de oración. No se trata de un espacio de reflexión como cualquier otro. No solo por el entorno, sino porque ahí me asaltan normalmente inquietudes o ideas más profundas y trascendentes. Pienso mucho en lo que he hecho y en lo que he dejado de hacer. Me cuestiono de fondo respecto del camino recorrido y del trecho que aún queda por andar. Me pregunto si todo lo volvería a hacer igual en el hipotético caso de que pudiera volver a diseñar mi vida. Y procuro responderme con sinceridad, como si creyera que quienes me rodean ahí, ahora lo saben todo y aunque quisiera, no les podría mentir.

Hace unas semanas conversaba yo con alguien por quien siento afecto y respeto y quien participó activamente en las negociaciones relacionadas con el Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Y hablando de aquellas cosas que uno llega a vivir y que no se conocen públicamente, me comentaba que él tenía unas notas que ha dispuesto se publiquen una vez que haya muerto. Me llamó la atención su dicho. Salí de hablar con él muy pensativo, especialmente alrededor de las razones que alguien puede tener para dejar de decir algo, hasta después de muerto. Motivos que tenemos para evitar confrontarnos con lo que ha sido parte de nuestra vida, por el temor (quizás) de no encontrar en este momento las respuestas que tuvimos en otro tiempo. Las razones que justificaron que hiciéramos las cosas como quizás ahora ya no las haríamos.

Fue entonces que decidí dedicar tiempo a escribir sobre las reflexiones que pueda hacer, imponiéndome la severidad de ese sepulcro para compartirlo con los vivos. He resuelto iniciar con una idea que me persigue constantemente y que tiene que ver con el antetítulo de esta columna. La convicción que tengo acerca de que lograr un México mejor, pasa necesariamente por un ejercicio colectivo de mea culpa, especialmente por parte de aquellos cuyas acciones impactan ampliamente a la sociedad. Un sincero reconocimiento de aquello que se ha hecho o dejado de hacer y que explica algo de lo malo que tenemos como nación.

Es importante subrayar la palabra colectivo, pues no me refiero sólo al ejercicio que debiéramos hacer quienes nos dedicamos o nos hemos dedicado a la tarea política o a la función pública que, dicho sea de paso, deberíamos ser los primeros.  Me refiero también a empresarios, a líderes sindicalizados, a legisladores, a académicos, a líderes religiosos.

Por lo que hace a mí —aunque quizás sea una agenda para cualquiera—, creo que cabría el mea culpa (y un ejercicio serio de reflexión), en relación a las ocasiones en que pude haber abusado de lo que manda esa conseja que tanto mal nos ha hecho, en el sentido de que “el fin justifica los medios”. O aquello que acepté hacer o dejar de hacer, esgrimiendo aquella idea del “fin superior del Estado”. O quizás reflexionar con sinceridad acerca de la forma en que confundí el concepto de la amistad en el ejercicio de mi tarea pública. Y sobre aquellas ocasiones en que fui indulgente con el mantenimiento de mis más caros valores por atender una indicación o por malinterpretar la lealtad al sistema que me daba cobijo.

O las veces que hice oídos sordos a la opinión de seres queridos, incondicionales y sinceros, pues su opinión no coincidía con la que quería escuchar, con la que me acomodaba más. O las ocasiones en que vi la paja en el ojo ajeno, ignorando la viga en el propio. Sólo algunos ejemplos de temas o cuestiones que ocuparán mi tiempo de reflexión ahí, en ese lugar único.

Insisto en que no propongo el ejercicio para tantas, sólo para hacerle un rato al filósofo. En el caso de quienes hoy son poderosos o influyentes, se trata de una revisión pertinente para pedir perdón, si se quisiera, pero mucho más allá de ello, para trazar desde ahí una actitud o posición alternativa, diferente. Sólo rendirá frutos hacerlo, si lo tomamos como punto de partida para rectificar.

Ahora que veo estas marchas en contra de los matrimonios igualitarios, encuentro un caso espléndido para ejemplificar lo que propongo en este espacio. El papa Francisco ha propuesto una mayor tolerancia de los católicos (algunos de ellos tercamente sordos) ante las diversas preferencias sexuales; pero lo ha hecho una vez que pidió un público indulto a una Iglesia que durante siglos no pudo entender y mucho menos aceptar esto. Lo que quizás en otro tiempo no se comprendió, hoy sí. El hecho de que su máximo exponente, el máximo poder dentro del clero, lo reconozca y ahora proponga una actitud diferente, es lo que posiblemente permitirá cambiar de fondo las cosas. Quien pide perdón es el mismo que ahora propone tolerancia. Muy sabio; tan sabio, como cambiar de opinión.

oespinosavillarreal@gmail.com

twitter @oscarespinosav

www.oev.com.mx

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *