Andrés Manuel y los cochinos revolucionarios

Cabe preguntarse qué perseguían quienes aconsejaron a Andrés Manuel López Obrador referirse en un spot reciente al libro de George Orwell titulado La Rebelión en la Granja, como un ejemplo de lo que podría suceder en nuestro país, ante el hartazgo de una buena parte de la población. Quizás querían concentrar la atención de la audiencia en la forma en que dicha inconformidad colectiva puede dar lugar a la eliminación de un régimen de gobierno que los oprime y que, desde su punto de vista, es el causante de todos sus males. Pero no creo que hayan reparado en la oportunidad que darían a muchos columnistas para advertir sobre otras muchas interpretaciones o implicaciones a las que esta sátira puede dar lugar.

La obra escrita por George Orwell y publicada en tiempos de la Segunda Guerra mundial, trata de una granja (la del Sr. Jones) en donde los animales, hartos ya del trato que recibían por parte de los granjeros, planean una rebelión, la cual se lleva a cabo un día en que sus amos olvidan darles de comer. Encabezados por los cochinos, e inspirados en los ideales postulados por un viejo cerdo llamado Major, los animales se rebelan adueñándose de la granja, la cual intentan en vano recuperar los granjeros, siendo repelidos por los rebeldes.

Ya en posesión de la granja, los animales elaboran una serie de mandamientos (7) que deberán guiar su conducta. En ellos, se establece, entre otras cosas, que aquellos seres con cuatro patas o plumas son amigos, mientras que aquellos con dos piernas serán sus enemigos. También prohíben a los animales dormir en camas o beber alcohol, como actividades que son propias de sus enemigos. Poco a poco, los cerdos se consolidan en el poder y se van adueñando de las posiciones más influyentes, logrando administrar y dirigir la granja, mientras el resto de los animales trabajan ilusionados y animados por las posibilidades de una vida mejor.

En esta alegoría de la Unión Soviética y de aquellos años que siguieron a la revolución bolchevique, la rebelión de los animales parecía haber sido un éxito y estos tenían ambiciosos planes para mejorar su nivel de vida, proponiéndose incluso aprender a leer y escribir y hasta construir un molino que había sido diseñado por uno de los cerdos llamado Snowball, enemigo y rival de otro de sus congéneres, llamado Napoleón, el cual finalmente se adueña de la granja y, apoyado en los perros, expulsa a Snowball.

Mientras que la gran mayoría de los animales trabajan afanosamente animados por las falsas promesas de los cerdos, estos, que poco a poco van corrompiéndose por el poder, se hacían respetar ejerciendo la fuerza necesaria, y relajando en su beneficio el rigor de los mandamientos definidos al inicio de la rebelión, los cuales violaban constantemente. Vivían mucho mejor que los demás, comiéndose ellos todas las manzanas y la leche, pretextando que debían mantenerse en buen estado, para poder pensar y responder eficazmente a la gran responsabilidad de dirigir y administrar la granja.

En el exilio, a Snowball se le atribuyó incitar a los animales a matar a Napoleón, quien, ya convertido en todo un dictador, ordenó, apoyado en los perros, quienes constituían su principal aparato de represión y terror, la ejecución de aquellos que confesaron haber escuchado al cerdo disidente.

Las cosas empiezan a no resultar como se hubiera deseado. Problemas del clima hacen que los animales pasen frío y que la comida escasee. Mientras, Napoleón y la élite que lo acompaña abusan cada día más de su poder y viven a cuerpo de rey. Prohíben entonar el Himno Animal pues afirman que es un canto de rebeldía y los animales ya no deben rebelarse porque ya vencieron a los humanos que eran sus enemigos. Al no haber comida suficiente, Napoleón tiene que vender a los humanos los huevos de gallina para conseguir granos. Los mandamientos son adaptados para permitir las excepciones y los cerdos, que ya duermen en camas y beben whisky, acaban incluso caminando en dos patas.

Ahí está la alegoría que alude a la otrora Unión Soviética, en donde el Sr. Jones es depuesto como lo fueron los zares rusos, en un movimiento revolucionario. Vemos al cerdo Napoleón jugando el papel de Stalin y a Snowball representando a Trotsky. También apreciamos al trabajador caballo Foster que muere por exceso de trabajo, representando al proletariado y a las estúpidas y acríticas gallinas y ovejas, siguiendo ciegamente los dictados de sus dirigentes. O al cuervo Moisés que pareciera mostrarnos a una convenenciera iglesia ortodoxa que acaba acomodándose con los del poder.

Y ahí está también la no tan alegórica, sino dolorosa situación en Venezuela, en donde millones se deslumbraron por el eficaz populismo y en donde hay bebés que duermen en los hospitales en cuneros que no son otra cosa que cajas vacías de cartón (no las prácticas y bonitas cunas de cartón que regala Mancera, sino las cajas que debieran desecharse), mientras que se habla de inmensas fortunas vinculadas a Nicolás Maduro. Ahí están los argentinos, los brasileños, los ecuatorianos y los nicaragüenses que caminan quizás en dirección parecida.

Esas no son alegorías, como no lo fue tampoco lo que nos contó a mi esposa y a mí en aquellos tiempos en que el infortunio nos llevó a Nicaragua, una señora que durante la revolución sandinista fue despojada de su casa y al presentarse a recoger por lo menos las fotografías familiares, fue recibida por la esposa de un sandinista quien lucía la bata favorita de la señora y tomaba sabrosa taza de café a las 11 de la mañana.

Dice Andrés Manuel López Obrador en la parte final del spot al que me refiero, mientras muestra un pañuelo blanco “pero pronto, muy pronto, habrá una rebelión en la granja, pacífica; y se acabará con la corrupción, tendremos producción, trabajo, seguridad y bienestar para todos. Morena es la esperanza de México” ¿Qué nos querrá decir… o advertir?

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