¿Quién ganó? ¿Quién perdió? ¿Quiénes son?

No, no soy un despistado, ni me perdí las noticias acerca de los resultados electorales en la noche del día de antier. He querido plantear estas preguntas como título de mi colaboración semanal, pues me parece que lo que queda en el aire es una gran incógnita acerca de quién es realmente el pueblo americano que votó el martes. ¿Cómo piensan?, ¿qué quieren? y ¿qué sienten nuestros vecinos, de quienes dependemos tanto en temas tan importantes?

Y es que es un hecho que hubo un enorme y generalizado error de apreciación sobre la forma en que actuaría la sociedad norteamericana en esta elección. Se equivocaron las encuestas, los analistas políticos, las casas de apuestas y los medios de comunicación, por sólo mencionar unos cuantos. Nos equivocamos la mayoría de los mexicanos y millones de nuestros vecinos. Si bien es cierto que a partir de las noticias del FBI en relación a los famosos correos electrónicos de la candidata demócrata repuntó Donald Trump, la verdad es que ese mismo día en la mañana los pronósticos coincidían mayoritariamente en un triunfo de Hillary Clinton, si bien éste no sería, se decía, por un margen muy amplio.

Y poco a poco, en una serie de transmisiones que resultaron cardiacas, por decir lo menos, la sorpresa lo fue invadiendo todo y la situación comenzó a revertirse, apuntando cada vez más claramente a la victoria de Trump. A la sorpresa siguió el estupor, a éste un gran temor, y finalmente todo ello se convirtió en un gran manto negro de incertidumbre que todavía hoy parece cubrirlo todo. Especialmente por el hecho de que la victoria del candidato presidencial no fue sólo eso, sino que los resultados, contra todo pronóstico incluso, favorecieron a los republicanos, también en lo que hace a ambas cámaras del Congreso, lo cual dejaba en claro que no sólo le otorgaban la presidencia, sino que lo hacían sin dejar en pie ningún contrapeso que pudiera ponerle freno. Carta blanca al atrabiliario.

Y ese nuevo presidente del país más poderoso del mundo gobernará a una nación profundamente dividida, en la que, como ha llegado a decirse, el día martes se dio un preocupante “choque de civilizaciones”. Un país más racista que nunca en su historia moderna y en donde, en el proceso electoral, se impuso la denostación y descalificación por encima de las propuestas de gobierno. Un país en donde el 42% de las mujeres votaron por un candidato misógino, que ve a la mujer básicamente como un producto o mercancía para deleite de los hombres. Una nación en la que si bien es cierto que las minorías raciales se inclinaron mayoritariamente por Clinton, un 30% de ellos votó por quien es claramente una amenaza para inmigrantes. En fin, podría seguir con una gran colección de contrasentidos, para ilustrar la complejidad de esa sociedad que se ha dado ese nuevo gobierno. Ése es el vecino con quien conviviremos los próximos cuatro años y ése es el país al que más nos vale llegar a conocer y entender mejor.

Es claro que Carlos Slim tiene razón cuando afirma que “no es lo mismo ser borracho a ser cantinero”, y que ya en el poder, Donald Trump verá que no resulta tan sencillo llevar adelante muchas de las promesas que ha hecho, como la deportación de más de diez millones de inmigrantes o el establecimiento —unilateralmente— de aranceles a las exportaciones chinas o mexicanas o la revisión y modificación sustancial del TLC, medidas que le traerían consecuencias económicas de consideración en su cadena de abasto o en sus relaciones multilaterales en organismos como la Organización Mundial de Comercio. Pero de que hay amenazas, las hay, y de que dichas amenazas generarán incertidumbre y volatilidad, que no haya ninguna duda. Y eso es ya suficientemente negativo.

Quizá precisamente por todo ese panorama incierto o negativo es que estamos obligados a mirar hacia adentro de nosotros mismos para plantearnos seriamente lo que queremos ser en el futuro, tomando nota del gran país que somos, de los vastísimos recursos naturales con los que contamos y del valor que tiene lo que nos queda aún de bono demográfico. Que repensemos la excesiva dependencia que tenemos de los EU, que revaloremos a Canadá y a otras regiones del mundo que no sólo no ven mal los acuerdos comerciales con México, sino que buscan ir por más. Que pensemos que, ahora sí, lo que no podamos encontrar fuera, lo tendremos que obtener de nosotros mismos Y me parece que todo ello tiene que ver con el tema de la productividad, cuyo incremento será, ahora sí, impostergable.

Tendremos que re-enfocarnos a sectores ganadores. Ahí está el ejemplo del turismo, como una opción extraordinariamente rentable en todos aspectos y que, como lo señalé hace unas semanas en este espacio, es la única exportación a prueba de muros.

De todo lo que vi y leí ayer, me quedo con un mensaje que recibí de mi admirado Daniel Chávez, en medio de los sinsabores: “Parece que ganará Donald Trump, lo que nos deja claro que hay una ola de rechazo en el mundo al political establishment. De ser así, México tendrá que ver hacia adentro, sustituyendo importaciones. Nos esperan tiempos distintos y tendremos que crear nuestro propio sueño americano y estoy seguro de que así lo haremos. Lo que decida el pueblo americano en cualquier sentido deberá ser lo mejor para México y está sólo en nosotros, que así sea. México es más grande, mucho más grande y fuerte de lo que se cree”.

Refrescante mensaje en momentos de angustia de un hombre que le ha apostado, con éxito enorme, a este país hoy desconcertado.

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