¿En verdad, ha muerto la verdad?

Dos artículos han caído venturosamente en mis manos en estos últimos días. Uno del Washington Post y otro de The Economist. El primero titulado “Post-truth’ named 2016 word of the year by Oxford Dictionaries” y el segundo “The post-truth world, Yes, I’d lie to you”.  El primero de ellos relata la forma en que los editores del Oxford Dictionary han seleccionado el vocablo post-truth como la palabra del año para 2016. Y el segundo, publicado con anterioridad al del WP, relata la forma en la que cínicamente esta práctica de mentir en política se ha venido arraigando en el quehacer de los profesionales en la materia, hasta llegar apenas hace unos días al exponente más notable de los últimos tiempos: Donald Trump.

Digo que venturosamente llegaron esos artículos a mí, pues algo así andaba buscando para documentar un poco más mi inquietud acerca de lo que nos espera en un mundo en donde ha aumentado de tal forma la rentabilidad política de la mentira. Desde luego el fenómeno no es nuevo. Ya en textos anteriores me he referido a este tema, en la misma forma en que lo he hecho para tratar el tema de la rentabilidad política de la traición. Lo que sí es una preocupante novedad es que los norteamericanos hayan elegido a un candidato que manejó a lo largo de su campaña tal cantidad de mentiras comprobadas después como tales, habiéndolo convertido así en el hombre más poderoso del mundo.

A lo largo de esa campaña electoral, caracterizada por ataques y denuncias sobre mentiras de uno y otro lado, surgieron infinidad de sitios dedicados a checar que los hechos y dichos en la campaña, por parte de ambos candidatos, fueran ciertos. El artículo en cuestión hace referencia al trabajo llevado a cabo en este sentido por Michelle Ye Lee, en el cual la analista otorgaba un cierto número de pinochos de diversas categorías, dependiendo del grado de falsedad de lo analizado. Así las cosas, Trump recibió 59 pinochos categoría cuatro, mientras Clinton obtuvo siete. Trump cerró con un promedio de 3.4 en cuanto a la categoría de los pinochos ganados y Clinton con 2.2. Y la gente ¿por quién voto? Por Donald Trump.

Según se lee en el artículo del Washington Post, el diccionario define post-truth como relacionado con o denotando circunstancias en las cuales los hechos objetivos ejercen menor influencia en formar opinión pública, que aquellos que apelan a la emoción o a las creencias personales. En este caso, se señala que el prefijo “post” no significa “después”, sino que implica una atmósfera en la cual una noción, idea o concepto es irrelevante.

Los editores del Oxford Dictionary han elegido esta expresión como el vocablo del año para 2016, tomando en cuenta el impresionante incremento (¡de 2000%!) en la frecuencia con que se ha utilizado en artículos de los medios y en las redes sociales durante 2015. La metodología utilizada consiste en identificar cientos de palabras que incrementan su utilización, para que luego a través de sesiones de trabajo se discuta cuáles de éstas muestran más claramente cómo tiende a cambiar el léxico en el idioma inglés en respuesta a los eventos que se presentan en el entorno.

Y el entorno, según lo analiza el artículo de The Economist, parece ser uno en el que hemos entrado a la era de la política post-truth, una era en la que al señor Trump, por ejemplo, realmente le importó poco que sus palabras tuvieran algo que ver con la realidad, sino que conectaran adecuadamente con el ánimo del electorado y le dijeran lo que quería escuchar.

Nos recuerda el diario británico que, sin embargo, Trump no es el único, al relatarnos la forma en que el pueblo inglés votó por el Brexit, a partir de flagrantes mentiras, como aquella que se les dijo en cuanto a que permanecer en la Unión Europea costaría al país 350 millones de libras esterlinas a la semana, las cuales mejor podrían ser utilizadas en el sistema nacional de salud. No tiene desperdicio su lectura para conocer otros relevantes casos en el mundo en donde la mentira es el nombre del juego… político.

Me parece que el tema no es menor, sino al contrario, muy preocupante, pues mientras haya sentimientos o emociones a las cuales apelar, los populistas, que tanto me inquietan, lo harán con afirmaciones cuya veracidad sea lo que menos importe. Y cuando la verdad amenace con salir a la superficie, entonces echarán mano de la teoría de la conspiración para engañar nuevamente. Y tomemos en cuenta que siempre habrá villanos a los cuales acudir para responsabilizarlos de encabezar tales conspiraciones.

Todo esto es más grave si, como se documenta en estos artículos, tomamos en cuenta que el pueblo parece no estar realmente en búsqueda de la verdad, sino de aquello que le parezca familiar o cercano. Hoy en día, merced a la tecnología de la información instantánea, las redes sociales constituyen la fuente de información de mayor credibilidad, capaces de convertir una mentira en un hecho verdadero a la luz de cada persona con un teléfono celular en la mano. Por ello la pregunta: ¿De verdad, ha muerto la verdad? De ser afirmativa la respuesta, preparémonos para lo peor.

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