No valdra la pena pensarlo dos veces Donald?

No pretendo ser irrespetuoso con el presidente electo de los Estados Unidos de América. Más bien adopto este tono un tanto coloquial, pues quiero simular ser un amigo cercano de Trump, el cual, siendo su gran simpatizante (al contrario de mí), deseando que le vaya bien en su gobierno y habiéndolo apoyado incondicionalmente, ahora, después de que las cosas se decantan, tiene ciertas dudas que no lo dejan tranquilo y que quisiera transmitir a su amigo, preguntándole al oído si no debiera reconsiderar algunas de sus propuestas.

Este amigo, a quien arbitrariamente he decidido llamar Mickey, no es un especialista en ninguno de los temas que desea comentar a Donald, sino que solamente atiende al sentido común, a su intuición y a algunas lecturas interesantes que se han cruzado por su camino. Una de ellas, un artículo publicado en The Economist llamado “America’s new President. The Trump Era” que como antetítulo propone que “su victoria amenaza las viejas certidumbres americanas y se pregunta ¿qué es lo que habrá de tomar el lugar de dichas certezas?”.

Lo sugerente del título lo llevó a leerlo de corrido y entrar en un estado de alarma que no le dejó conciliar el sueño. Compartía con el rotativo la preocupación por pensar que esa rebaja de impuestos si bien gusta tanto a los empresarios y tiene a los mercados bursátiles como los tiene, quizá no estaba tomando en cuenta que los déficits a que darían lugar podrían llevar la deuda interna a niveles en proporción al PIB 25% más altos que los actuales. Entonces, ¿qué sucedería con todas las variables financieras, tan fundamentales para el éxito de los negocios?

O la tan aplaudida medida de acabar con el llamado Obamacare que dejaría sin servicios de salud a 20 millones de americanos, ¿sería sostenible? De por sí ya instituciones como la Robert Wood Johnson Foundation y el Urban Institute  señalan que para 2021 habrá más de 24 millones de personas sin seguro médico, la mayoría en familias de la clase trabajadora, con lo que resulta potencialmente enorme el gasto público (y el consecuente déficit) que se generaría para compensar esa situación. Alguien del equipo de Donald ya habrá pensado en ellos, se decía a sí mismo. Pero si no, quizá debería proponer a Donald que le diera una segunda pensada.

En su muy elemental formación le hacía sentido aquello de gravar las importaciones, pero no dejaba de inquietarle la afirmación aquella de que un proteccionismo excesivo pudiera traducirse en el empobrecimiento de amplias capas de la población americana que ya no accederían a importaciones baratas. Ni tampoco dejaba de hacer sentido el planteamiento de que muchos componentes de artículos manufacturados importados pudieran ser de manufactura americana, con lo que la lógica indicaría que se estarían dando un tiro en el pie. Y en el fondo, ¿qué querría decir eso en relación a la doctrina republicana (a la que seguía siendo fiel) de que la libre competencia a quien más beneficia es al consumidor?

Seguía leyendo y conforme avanzaba, lo hacía también su preocupación, pues pareciera que esas propuestas tan llamativas e impactantes, como aquella de que el cambio climático es un invento de los chinos, mostraban las vulnerabilidades de sus propias contradicciones. Por ejemplo, ¿qué pasaría con el lugar que ocupan en el mundo los Estados Unidos si se cumplía aquello de abandonar el acuerdo de París en relación a su liderazgo en favor de un futuro mejor para el planeta y, por lo tanto, para la humanidad? Y de verdad, lo que había visto en el documental de Leonardo di Caprio, Before the flood, le había revelado amenazas reales como futuras sequías en California o inundaciones catastróficas en Florida, que ameritan, a su modo de ver, una concientización de la que Donald está muy lejos.

Más allá de la información en los medios, en el tema de un política migratoria como la propuesta que encendió los ánimos de la llamada white working class, algo parecía no hacer sentido, si se tomaban en cuenta aquellos conceptos de economía que sugieren que un país tendrá ventaja comparativa y competitiva en aquellos bienes en los cuales dicho país sea abundante en cantidad de factores de producción y, por lo tanto, tendrá desventaja si produce bienes en los cuales cuente con un factor relativamente escaso.

Dados estos principios, se podría concluir que Estados Unidos, al no ser un país intensivo en trabajo (mano de obra barata), la aplicación de una política anti-inmigrantes, lo que estaría haciendo es limitando su mano de obra. Ello implicaría un replanteamiento profundo del sistema productivo, dada la diferente composición de los costos. Y ello quizá no sea lo más conveniente para empresas trasnacionales, cuyo apoyo y simpatía valoraba altamente el presidente electo.

Y en cuanto al tema del narcotráfico y la propuesta de Donald de “sellar” la frontera sur para impedir el paso de la droga a los Estados Unidos, ¿ya tomaría en cuenta la información pública que señala que en la última década el consumo de drogas ilícitas en Estados Unidos ha aumentado consistentemente?  Estadísticas derivadas de la Encuesta Nacional sobre el Uso de Drogas y la Salud (NSDUH, por sus siglas en inglés), la cual fue actualizada en junio del 2013, muestran que en el 2011, unos 22.5 millones de personas en los Estados Unidos de 12 años de edad o mayores usaron alguna droga ilícita o abusaron de medicamentos psicoterapéuticos (como analgésicos, estimulantes o tranquilizantes) en el mes anterior a la encuesta.

Y si bien es cierto que la droga entra al país proveniente de otras latitudes, ¿no lo es que circula y se distribuye gracias a infinidad de participantes dentro de los EU, dejando inmensos beneficios económicos? ¿No estarían haciendo falta en esa ecuación simplista que identifica sólo a los villanos de fuera los factores internos que favorecen el consumo y la circulación y venta de las drogas? Es claro que la lucha contra el narcotráfico debe seguir, pero en cuanto al cómo, parecía haber omisiones muy importantes.

Para el Colegio Electoral estadunidense, ya no hubo la posibilidad de una segunda pensada hasta dentro de cuatro años, pero para Donald sí. Con eso en mente, Mickey se dirigía a la Torre Trump decidido a platicar con su amigo, con toda sinceridad y de una vez por todas.

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