¡Vive la France!

 

¡Viva Francia! ¡Viva Europa! ¡Viva la razón!, que se ha impuesto a la intolerancia y al populismo que amenazaba peligrosamente al viejo mundo y, con éste, al planeta todo. Ha ganado las elecciones presidenciales Emmanuel Macron, un joven centrista que fue capaz de convertirse en un candidato ganador en apenas tres años, sin ser postulado por un partido político tradicional ni con cientos de miles de miembros o seguidores y creando un movimiento social (En marche!) que en poco tiempo llamó la atención de los ciudadanos franceses que, de esta manera (y no cobijando a la opción populista), dieron cauce a su hartazgo de la clase política tradicional.

Varios son los temas que me llevan a referirme a esta reciente victoria política, principalmente a la luz de nuestro casi inminente proceso electoral. El primero tiene que ver con este interesante fenómeno, que nos muestra la rapidez con la que, en este mundo moderno, se puede dar forma a una oferta política diferente, ni declaradamente de izquierda, ni de derecha, una verdadera opción de centro, que viene a destruir esa idea de que sólo hay de dos opciones opuestas excluyentes. Algo que sin duda trae a la mesa política aquella proposición de una “tercera vía” como una posibilidad de salida ante el dilema de sólo dos caminos que apuntan a direcciones totalmente opuestas.

Por otra parte, no deja de llamar la atención y de alimentar las esperanzas de buena parte de los ciudadanos el hecho de que este Mozart de las finanzas (como le llamaban a su paso exitoso por Rothshild & Co.) haya contendido sin representar específicamente a alguna franquicia política de las tradicionales y desgastadas. Y que, a pesar de haber sido parte del gobierno hasta 2016, haya sido capaz de “desmarcarse” ante lo que para él era un gobierno que tardaba demasiado en hacer realidad importantes reformas para Francia.

Aceptando de antemano que soy un auténtico fan de la idea de una sola Europa, fuerte y unida y que por ello mi juicio puede ser parcial, considero que la consecuencia más relevante de este triunfo tendrá que ver precisamente con el hecho que los franceses han desterrado, por el momento, esa posibilidad de erosionar a la UE, que recientemente se viera lastimada por aquel éxito del Brexit en Gran Bretaña.

Pero si bien es cierto que esto inyecta ánimos a la idea de una sola Europa, quizá cansada, también lo es que más de una tercera parte de los electores franceses votaron por una opción contraria a esa idea, lo que debe prender las luces amarillas para revisar un concepto y un modelo que pareciera, de repente, no dar solución a problemas sociales importantes en esa región del mundo y, específicamente, el de la nación gala.

Esta llamada de atención debe hacer a los europeos a mirar dentro de sí y revisar las causas de esa fatiga, como son la salida de Gran Bretaña, los problemas de Grecia y otras economías con pesares económicos, la falta de dinamismo de esa alianza germano-francesa que parece no dar mucho más de sí, la presión de inmigrantes sin un cauce consensuado y los problemas de Rusia, especialmente los que se refieren a Siria. Una agenda delicada y peligrosa a futuro.

No debe escapar al análisis tampoco el hecho de que, al derrotarse al populismo, se derrota también a esa pretensión de un nuevo orden internacional que, sin lugar a dudas, amenaza a la paz y al progreso del mundo, como un todo. Es pertinente que recordemos que para Marine Le Pen, derrotada por Macron, la noche en que ganó Trump significaba, según lo declaró, “no el fin del mundo, sino el fin de UN mundo”, mientras que su padre, del mismo signo político, afirmaba ”hoy Estados Unidos, mañana Francia”. Así las cosas, este revés en Francia, después de lo sucedido en Holanda y Austria, en donde los electores frenaron a los ultraderechistas, me parece que confirma que, hoy por hoy, se impuso esa idea de una Europa abierta al mundo.

En otro orden de ideas, más allá de la nota de color, creo que el tema del amor y matrimonio de Macron con Briggite Trogneux, 23 años mayor que él, es un tema significativo que, a mi parecer, pone de relieve ese carácter decidido a todo que tiene este joven de 39 años de lograr lo que se propone, al margen de los códigos establecidos y de los obstáculos y las limitaciones convencionales. Habiéndose conocido en el club de teatro, él de 16 años y ella casada con un banquero y madre de tres hijos, se enamoraron y, años después, decidieron casarse.

Paradójicamente, Emmanuel Macron, el presidente más joven en la historia de Francia, dispuesto a romper códigos y reglas, se enfrentará ahora al formidable reto que para poder gobernar le exigen otras formalidades y exigencias de la vida política francesa, quizá imposibles de romper. Ésas que establecen que la voluntad del Ejecutivo no es suficiente, si no se cuenta con un Congreso a modo. Un Congreso que sí le permita llevar adelante las reformas, cuya falta de concreción lo llevaron a dejar el gobierno de Hollande.

Al tiempo que esperamos al Macron mexicano, seamos optimistas y creamos en este hombre sensato y de hazañas, para que pueda construir las alianzas políticas necesarias y, así, seguir exclamando “¡Vive La France!”, una exclamación nacionalista que está lejos de representar lo que las derechas europeas o Trump pretenden, cerrándose al mundo exterior.

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