Ahí estaban los refrescos Jarritos de todos los sabores, formados uno junto al otro, mostrando ese colorido que me trajo tantos y tantos recuerdos de mi niñez. Los lectores de mi “rodada” saben bien a lo que me refiero al hablar de esos refrescos tan sabrosos, tan mexicanos y tan presentes en nuestra infancia, como las Chaparritas, los Pascuales, los Barrilitos o las Yolis (cuando íbamos a Acapulco).

Eran parte de la oferta de aquel camión, adaptado para la venta de comida mexicana, de esos que se conocen en los Estados Unidos de América como food trucks. Ofrecían quesadillas, burritos, tacos de varios tipos, frijoles y uno que otro antojito más. Uno a uno, los trabajadores de las obras y negocios cercanos que hacían fila iban ordenando su comida (y muchos de ellos su Jarrito) y se retiraban a comerla cerca de ahí. El camión al que me refiero estaba estacionado en la Calle 4 en Washington, DC, enfrente de una agencia de autos donde rentábamos uno.

No resistí la tentación a acercarme, hacerle la plática a la muchacha que lo atendía y a pedirle autorización para tomarle una foto, la cual de inmediato tuité con un mensaje que decía: “Mientras se persigue a inmigrantes y se propone modificar el libre comercio, los paisanos toman sus jarritos en Washington, D.C”. Ahí mismo, precisamente en las narices del hombre que se empeña en negar una realidad irreversible, éramos testigos de una elocuente expresión del mosaico étnico en que se han convertido los Estados Unidos de América.

Ahí andábamos en la capital del país vecino, pues acompañábamos toda la familia a Alejandra, la más pequeña de mis hijas que se graduaba de maestría en Policy Management en la Universidad de Georgetown. Éramos una familia más de entre cientos que provenían de todos los lugares imaginables del mundo. Afroamericanos, europeos, asiáticos, latinos, nos dábamos cita ahí, celebrando orgullosos su éxito y conforme pasaban a recoger su diploma, me preguntaba si de verdad llegará a prosperar una política migratoria que impida a ese país aprovechar a todos esos talentos. Reflexionaba sobre el contrasentido que significaba la inversión hecha por todos para formar en una Universidad norteamericana a un chico o chica que quizá, por su origen étnico, no vaya a tener oportunidad de desempeñarse profesionalmente en aquel país. ¿De cuánto se estarían perdiendo de seguir así las cosas?, me preguntaba.

Una probable respuesta a mi cuestionamiento llegó a mí unas horas más tarde en la recepción ofrecida para festejar a los graduados, de boca de un espléndido y experimentado colaborador de la embajada de México en DC, quien, junto con su amable esposa, me platicó que su hija trabajaba con un neurocirujano de origen mexicano que ejerce como médico en los EU y a quien se conoce como el Doctor Q, cuya historia me impresionó y motivó a escribir esta columna.

Alfredo Quiñones-Hinojosa es un mexicano nacido en Mexicali, BC, que literalmente brincó la barda a los Estados Unidos de América en busca de un sueño americano que hizo realidad, con creces. Habiendo llegado a aquel país a los 18 años, sin hablar inglés y trabajando en los campos agrícolas y en otros oficios como indocumentado, hoy en día es un ser humano excepcional, no solamente como neurocirujano, sino como ser humano.

Después de una interesante y estimulante historia académica, en la que ganó becas que le permitieron estudiar lo mismo matemáticas que psicología, química o física, finalmente fue aceptado en la Facultad de Medicina de Harvard.

En Harvard, Alfredo Quiñones conoció y convivió cercanamente con otra alma que bien pudo ser su alma gemela, el doctor Ed Kravitz, colaborando en su laboratorio famoso de neurobiología. Kravitz también tenía una historia ejemplar, ya que venía de ser un niño de la calle del Bronx que llegó a profesor de Harvard a los 30. Así las cosas, la buena química no se hizo esperar y dio excelentes resultados.

Para los siguientes seis años, el doctor Quiñones se graduó e hizo su internado en el Hospital Johns Hopkins y su trabajo post-doctoral en la Universidad de California, San Francisco. Después de especializarse en neurocirugía, estuvo en Johns Hopkins Hospital ahora como profesor y cirujano especializado en cáncer cerebral y tumores pituitarios. Son muchos sus títulos y reconocimientos y ha publicado su autobiografía, la cual se dice que habrán de llevar a la pantalla grande los Estudios Disney. Vale la pena asomarse a esta biografía para confirmar lo que puede lograr un sueño y la disciplina y dedicación para alcanzarlo.

Es de destacarse la sensibilidad social del Dr. Q, ya presente desde sus épocas de estudiante, apoyando a muchos de sus compañeros. Hoy es un hombre comprometido con los Estados Unidos y con México en aquellos casos cuya complejidad lo reclama. Un ejemplo vivo de lo mucho que puede dejar a dos naciones vecinas como los EUA y México, una mayor integración.

Los Jarritos vendidos en Washington y los millones de trabajadores de origen mexicano que construyen cada día una parte de aquel país, los graduados de todas las razas y creencias de Georgetown y casos como el Dr. Q constituyen esa base sólida que seguramente hará entrar en razón a quienes dudan de la capacidad de una región integrada, multiétnica y pluricultural como Norteamérica. ¡Ojalá!

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