El alcalde musulmán

Exactamente ahí, en donde el pasado sábado unos terroristas atropellaban y apuñalaban peatones, en el famoso Puente de Londres, nos tomábamos una selfie mi esposa y yo hace apenas diez días. Eran las últimas horas antes de partir a Madrid a visitar a nuestro entrañable Eduardo Punset y de viajar a Valencia a conocer una planta de producción de pellets de biomasa sólida, proyecto del que ya hablé a mis apreciados lectores hace apenas unas semanas.

Ya habíamos tenido la oportunidad de disfrutar esa maravillosa ciudad, quizá la más cosmopolita del planeta. Una concentración humana multirracial y multicultural, como no hay ninguna otra. Una ciudad en la que la cuarta parte de los habitantes son de origen extranjero y una octava son musulmanes. Capital de uno de esos países insulares asentados en aquel territorio en que nació uno de los mayores imperios de la historia. Una isla desde la que salieron los conquistadores de territorios lejanos y los legendarios piratas de todos los mares.

Habíamos visto pasar por la calle burkas, velos, dhotis, salwares, kimonos o los más elegantes trajes y corbatas occidentales, como parte de ese mosaico que encanta la mirada y mueve a profundas reflexiones alrededor de esa sociedad multiétnica. Una comunidad parecida a la de Manchester, ciudad cercana a Londres, en donde también en esos días se había registrado un terrible atentado terrorista que mató e hirió a decenas de personas inocentes, en su mayoría jóvenes, que asistían a un concierto de Ariana Grande.

Un atentado perpetrado por Salman Abedi, un terrorista suicida de 22 años que hizo detonar un artefacto que cargaba en una mochila llena de tuercas y tornillos para causar más daño, al que siguieron desgarradoras imágenes e historias como la de Angélika y Marcin Klis, un matrimonio de origen polaco y residente de York, que se encontraba en el hall de la entrada al recinto, a unos pasos del terrorista, esperando a que salieran sus hijas adolescentes del concierto, quienes ya no los verían jamás. Así de crueles son estas acciones encaminadas, como su nombre lo indica, solamente a sembrar el terror del que no escapamos tampoco nosotros que, a partir de entonces, nos sentíamos más inseguros en cualquier sitio lleno de gente.

Es en la magnífica Londres en la que se suceden hechos como el del sábado anterior, donde lo cosmopolita ha adquirido su máxima expresión en la elección que los habitantes de la ciudad han hecho de Sadiq Khan, como alcalde de la capital de Gran Bretaña. Hijo de un paquistaní, conductor de autobús, Sadiq Khan ha dicho: “Soy londinense, soy británico, soy inglés, soy de origen asiático, tengo herencia pakistaní, soy padre, soy esposo, soy fan sufridor del Liverpool, soy laborista, soy fabianista y soy musulmán”.

La historia de Khan no tiene desperdicio y nos muestra una alternativa posible en la integración de inmigrantes a una sociedad que les ha sido ajena en todos sentidos, incluido el religioso. Una historia sobre la cual escribo hoy, pues me parece de enorme importancia difundir la posibilidad real que existe de una convivencia pacífica dentro de la tolerancia y la democracia. En medio de esta oscura fobia anti-inmigrante que parece encabezar el presidente de los Estados Unidos, brilla el caso de Londres y su alcalde, Sadiq Khan.

El planteamiento básico de la campaña política que le permitió derrotar a Zac Goldsmith, un exponente de la educada aristocracia londinense, por 44% contra 35% de los votos emitidos, explica la contundencia de este triunfo: “Mi visión para Londres es muy simple. Quiero que todos los londinenses tengan las mismas oportunidades que mi ciudad me dio a mí: un hogar digno que pudiera sostener, un trabajo altamente calificado con una paga decente, un accesible y eficiente sistema de transporte y un ambiente limpio, saludable y seguro para mi familia”. Ni más ni menos eso es lo que ofrecía Khan. Y ni más ni menos es lo que quisieron tener los habitantes de Londres que lo eligieron.

“Demografía es destino”, dice la conocida frase. Y ello significa que las características que va adquiriendo la población, en términos de edad, cultura, raza y creencias, será lo que determine la forma de vida que dicha sociedad tendrá. Y el caso de Londres presenta características interesantes: según un mapeado realizado por Muslim in Britain, hay 415 mezquitas y centros de estudio del islam. La población musulmana en la capital inglesa es del 12.4% —datos aportados por el Muslim Council of Britain según el último censo realizado, el de 2011—. En los últimos diez años, el incremento de musulmanes es del 35%.

Una población que, a excepción de unos cuantos extremistas que se empeñan en sembrar el terror, vive en armonía con el resto. Y una comunidad que, encabezada por el alcalde Khan, tiene la enorme responsabilidad y oportunidad de tender puentes, de conciliar intereses y de hallar nuevos caminos. El mismo Trump se ha encargado de criticar y censurar al “Mayor” de Londres y en su propia ciudad no deja de tener detractores que aprovechan estas desafortunadas acciones para cuestionarlo, más por su religión y raza que por sus acciones u omisiones.

Por razones obvias, soy especialmente sensible a lo que sucede alrededor de los alcaldes, ante este tipo de problemas en sus ciudades y no dejo de pensar en las tribulaciones de ese defensor en sus tiempos de activista de derechos humanos de personas acusadas de colaborar con el terrorismo, hoy alcalde de Londres. Lo imagino mirando por la ventana y preguntándose: ¿Que le toca hacer, en este complejo caso, a un alcalde musulmán?

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