En la búsqueda de un título atractivo, uso el significado de la palabra indio que el Diccionario de la Real Academia de la Lengua  Española acepta para referirse a los naturales de la India, el hermoso y mágico país de Asia. Y lo hago para dar entrada a algunas reflexiones en torno a la forma en que en aquellas latitudes se han propuesto “formalizar” —aparentemente con gran éxito—, una economía que, como la nuestra, se desarrolla en gran medida a la sombra de la informalidad.

Tras los esfuerzos del primer ministro Narendra Modi en India por reformar el IVA con el Goods and Services Tax, el número de contribuyentes pasó de 6.4 millones, antes de la reforma, a 9.8 millones al cierre de 2017. Los ingresos tributarios de India como porcentaje del PIB han permanecido en 15  por ciento durante décadas; esta proporción es similar al 17.2 por ciento que recauda México (porcentaje que se encuentra por debajo del promedio latinoamericano y es la mitad de la recaudación promedio de los países de la OCDE). Pero no sólo es un problema de ingresos públicos, de manera similar a México, India tiene hasta 82 por ciento de su fuerza laboral trabajando en el sector informal.

Muchos son los problemas que se derivan de una economía informal de elevadas proporciones. Sin embargo, destacan la falta de generación de impuestos, tan necesarios para financiar bienes públicos como la educación o la salud, por citar sólo dos ejemplos de medidas de política social que países como México o la India necesitan urgente y ampliamente. Y por otra parte, la falta de un salario adecuado (acompañado de la seguridad social y elementos tan importantes como el retiro), dado que en la India los empleos formales pagan hasta 20 veces más que los informales. A esto habría que agregar que la formalidad abre las puertas para que las empresas puedan crecer y exportar.

La política de formalización de Modi comenzó con la “desmonetización” de la mayoría de los billetes en 2016 con la cual el gobierno efectivamente redujo 86 por cienro del circulante en la economía. El objetivo era incentivar fuertemente las transacciones digitales y bancarizadas, reduciendo el comercio mano a mano. En el corto plazo, supuso varios trimestres de crecimiento por debajo del promedio, y generó protestas y críticas generalizadas, dado que una gran parte de la población no está bancarizada y vive en condiciones de pobreza. Sin embargo, a pesar de que esta política parecía agresiva y para muchos intolerable, ha desacelerado sólo temporalmente la economía india, y se espera que no sólo reduzca la evasión, sino también la corrupción cotidiana, problema que es mencionado frecuentemente en las encuestas de gobierno.

Una segunda manera de combatir la informalidad fue una política ambiciosa, la introducción de una cédula de identidad para todos los ciudadanos indios. Esta cédula llamada Aadhaar debía identificar al individuo ante los servicios del gobierno, los bancos y otras transacciones privadas. Esta cédula combina datos biométricos y de identidad; en un país como la India, con más de mil 300 millones de habitantes, supuso un reto técnico importante. Para 2017, la cédula había cubierto a 99 por ciento de los adultos del país, acercando a muchos por primera vez a los servicios del gobierno. Y no sólo esto, sino que la administración de Modi logró realizarlo a bajo costo. Si bien han existido críticas a este proyecto, llamándolo un Gran Hermano (en alusión a aquello de “Big Brother is watching”), los beneficios en política social, acceso a telefonía móvil y prevención de la evasión fiscal están teniendo efecto.

Por último, como lo he descrito en la columna “India: envidia de la buena”, el gobierno de Modi tomó la decisión de dar más peso al IVA en la recaudación y crear un impuesto al consumo segmentado en varias tasas según el nivel de precios de los bienes. Estas tasas, incluyendo la exención en alimentos básicos, van de 5, 12 y 18 por ciento en diversos productos azucarados y manufacturados, a 28 por ciento para bienes de lujo. Ésta es una alternativa para mejorar los ingresos tributarios en un país en el que sólo 4 por ciento de los ciudadanos pagan impuestos directos. A un año de la medida, existe un aumento de 3.4 millones de contribuyentes nuevos.

Evidentemente, es difícil estimar los resultados de todas estas políticas en tan corto plazo y aún existen retos pendientes para lograr la formalidad en India: los impuestos comerciales se encuentran entre los más altos del mundo y el sistema legal de solución de disputas aún es débil. Asimismo, la facilidad para abrir empresas y hacer negocios según el Ranking Doing Business 2018 del Banco Mundial sitúa a la India en el lugar 100 (respecto del lugar 49 en México). Sin embargo, me atrevo a afirmar que el cambio cualitativo de la economía de la India, habrá de reflejarse en un mayor progreso e igualdad para la mayoría de la población.

Es por ello que la administración gubernamental tiene cuidado de reconocer, como lo ha destacado recientemente The Economist, a aquellos ciudadanos que han pagado más de 100 mil rupias de impuestos, enviando un “Certificado de agradecimiento a su contribución para la construcción de nuestra gran nación” suscrito por el presidente de la Junta Central de Recaudación que la gente atesora.

Hace poco comentaba con un destacado militante de un partido político mexicano acerca de la ausencia de propuestas serias y efectivas (como las que se mencionan), sugiriendo que fueran incluidas en su programa de gobierno, y no me sorprendió la respuesta en la que me señaló que buena parte de “sus bases” rechazaría dejar el manejo de efectivo y la informalidad. Así que, por ahora, no se contemplaría, como no se hizo en años en la India en donde “No tuvo la culpa el indio, sino el que lo hizo informal”.

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