Mis antenas (como seguramente las de muchas personas más) se han desplegado al máximo a partir del pasado 1º de julio. Sigo enormemente interesado en identificar aquellos aspectos que no sólo expliquen en parte lo sucedido en la elección presidencial, sino que sirvan para precisar la agenda fundamental para el mejor futuro de México. Quizás por ello ha llamado tanto mi atención el reporte Desigualdades en México 2018 del Colegio de México y BBVA Research publicado en junio, con lo que buscaban introducir el tema en el debate electoral reciente.

Como su título lo indica, se aborda un tema que, como lo he afirmado en otras colaboraciones, representa quizás el problema más serio que vivimos como país y, por qué no decirlo, que quizás explique muchas cosas. No sólo el ¡Ya basta! electoral de hace poco más de dos semanas, sino, más importante aún, la polarización que vivimos y en la que no nos podemos explicar por qué piensan como piensan una buena parte de nuestros hermanos.

El informe dedica su introducción a las historias paralelas de María Basilio y Matilde Arriba, ambas nacidas en 1970. La primera en una comunidad oaxaqueña sin escuela, por lo que es analfabeta y tras migrar a la Ciudad de México realiza trabajo doméstico; tiene cuatro hijos que no terminaron la preparatoria. La segunda, nació en Baja California, estudió Derecho en la universidad estatal y sus dos hijas han tenido acceso a una educación privada. Ambas poseen los mismos derechos como ciudadanas, pero enfrentan una brecha en ingreso; a su vez, las generaciones que les siguen replican esta brecha.

La medición de la desigualdad busca observar cómo se distribuyen las oportunidades y los resultados asociados a éstas entre las personas, para así determinar quién se beneficia más del crecimiento, las políticas y la productividad. El reporte sigue la definición de Rawls de la libertad, la cual hace énfasis en las oportunidades comunes para ejercer las libertades y derechos de uno mismo. Para su estudio, es necesario observar que las múltiples desigualdades que enfrenta el individuo se van acumulando. Más allá del ingreso, estas oportunidades se refieren también al acceso a la educación, el género y la pertenencia a una comunidad indígena o región.

El reporte señala que la desigualdad afecta el crecimiento económico cuando impide a una parte de la población participar en actividades productivas, porque limita su participación en la economía. Las carencias en educación y movilidad social suponen “la existencia de diferencias duraderas en el acceso a oportunidades.” Los individuos permanecen atados a un ingreso (alto o bajo) y a una condición social a lo largo de su vida, que luego heredan a sus descendientes.

Entre 2000 y 2004, la desigualdad en México se redujo, principalmente por una reducción en la pobreza en esos años. Sin embargo, existe un estancamiento de la variable de desigualdad a partir de 2006. Una de las explicaciones es que no ha habido movilidad entre los estratos de pobreza. El reporte estima que 76% de los hijos nacidos en los hogares más pobres se mantendrá entre el 40% más pobre de la población cuando sean adultos. La brecha de género en movilidad social apunta a que tan sólo el 55% de las mujeres que nace en el 20% más pobre de la población logrará ascender al siguiente quintil de ingreso, respecto a 75% de los hombres, los cuales ascienden con mayor rapidez.

Uno de los orígenes de la desigualdad, cuyos efectos se amplían con el tiempo, es el acceso a la educación. En educación básica se han solucionado la mayor parte de los problemas de cobertura. La cobertura neta en secundaria alcanzó 87.5% y el abandono total en primer grado de secundaria se cifra en 4.4%. Sin embargo, el reporte señala que “el nivel medio superior es el gran filtro en las trayectorias educativas”. Para el ciclo, 2015-2016 la cobertura en preparatoria fue de 59.5% por una alta tasa de deserción.

En México, la población obtiene 74% de sus ingresos del mercado laboral, mientras que el resto proviene de la agricultura de subsistencia y la inversión en capital. A nivel geográfico, la desigualdad en el ingreso laboral supone que la remuneración mensual de un trabajador fue de 6 mil 657 pesos en Querétaro en 2017, mientras que en Puebla fue de 4 mil 748 pesos. Asimismo, entre norte y sur, un trabajador en Chiapas gana salarios de $3,708 respecto a $7,371 pesos de remuneración para los de Nuevo León.

Uno de los retos en la desigualdad para 2018 es el aumento en el porcentaje de personas con ingresos laborales menores a un salario mínimo; éste pasó de 14.4% en 2000 a 24% en 2017. Asimismo, el ingreso por hora de los trabajadores con educación media superior o superior sufrió una pérdida del 32% de su valor como resultado de la crisis y sus secuelas entre 2008 y 2017.

Una de las brechas en empleos tiene que ver con las prestaciones. En el sector formal 67% de los funcionarios y directivos tienen prestaciones laborales en salud, vivienda, maternidad y ahorro para el retiro. Sin embargo, “sólo 40% de los trabajadores en servicios personales, que incluye al trabajo del hogar, cuenta con prestaciones”.

Desarrollo, educación y gobierno fueron los conceptos mencionados con mayor frecuencia en las plataformas de los partidos durante 2018. Los partidos con más menciones del concepto de desigualdad fueron PRD, Movimiento Ciudadano y Morena. Sin embargo, el reporte identificó que había pocas propuestas concretas para combatirla o disminuirla de manera directa. Y nadie puede negar que esto sólo se podrá resolver con políticas públicas orientadas a “emparejar el piso” para todos.

Y es realmente preocupante que ningún partido haya sido capaz de plantear esas políticas que busquen una solución integral y que puedan mirar al corto, mediano y largo plazo. Preocupante que se sigan multiplicando las historias paralelas como las de María y Matilde, que dan lugar a dos mundos tan diferentes que podrían jamás llegar a entenderse.

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