Ya en otra ocasión me he referido a un interesante libro escrito por Denis Jeambar e Yves Roucaute titulado Elogio de la Traición. Sobre el arte de gobernar por medio de la negación. Aludí a este ensayo en una columna de 2014 en la que analizaba la actitud de Los Chuchos (Jesús Ortega y Jesús Zambrano), quienes en aras de algo favorable para México optaron por una “traición” a aquellos principios o postulados que tradicionalmente habían apoyado. En dicho texto, los autores analizan con gran rigor y detalle, la forma en que personajes políticos destacados de diferentes latitudes, adoptaron decisiones en las que pusieron por encima de sus “compromisos y promesas políticas” el interés de sus países y actuaron en forma opuesta a lo que habían comprometido.

Viene al caso invocar esa interesante obra como preámbulo para referirme a una hipótesis un tanto anticlimática de lo que podría esperarse del gobierno de AMLO, en la que he venido pensando estos últimos días. Observo con tanto interés como dudas todo lo que tiene que ver con Andrés Manuel López Obrador, su equipo, sus propuestas y el quehacer de sus correligionarios al frente de las instancias legislativas que ahora controlan. Con lo que veo, no puedo arribar a un juicio con suficiente sustento de lo que será su gobierno en los próximos seis años. Quisiera tener mayor claridad a estas alturas, pero la verdad es que no lo consigo. Hasta no tener más definiciones, me resisto a hacer algún pronóstico, especialmente porque, como ya lo he señalado, a muchas de las propuestas que hemos conocido, les hacen falta los méndigos “cómos”.

¿Cómo le harán para llevarse a todas las dependencias al interior del país? ¿Cómo podrán financiar todas las promesas hechas con los recursos disponibles reduciendo, además, impuestos? ¿Cómo obtendrán de la lucha contra la corrupción los 500 mil millones de pesos que han mencionado? ¿Cómo financiarán la promoción turística si los recursos utilizados para ello se destinarán a la construcción de un tren en la península de Yucatán? ¿Cómo podrán instrumentar todo sin la participación del 70 por ciento de los empleados de confianza de la administración gubernamental? ¿Cómo resolverán el tema relacionado con el Nuevo Aeropuerto Internacional de México? etc., etc., etc.

Sin estas respuestas, lo que nos queda (por lo menos a mí), son dudas. Pero aún con todo esto, reconozco que no tengo razones de peso para dudar de la buena voluntad del Presidente Electo, de su intención de hacer algo trascendente por aquellos que menos tienen ni de su pragmatismo. Ni tampoco tengo duda de que, después de 18 años de buscar esta oportunidad, estará dispuesto a echar su resto para conseguir lo que ha ofrecido.

Por otra parte, si bien es cierto que este “interregno” de nuestro sistema político es en lo general algo negativo, si algo bueno puede tener, es dar al gobierno entrante tiempo suficiente para informarse de todo lo que requiera saber para gobernar y documentarse acerca de las verdaderas consecuencias que pueden tener ciertos buenos propósitos. Esto se ha facilitado además por el buen ambiente que priva en la transición de un gobierno a otro, en la que pareciera que son los próximos gobernantes quienes ya toman las decisiones importantes.

Este tiempo ha sido útil, por ejemplo, para que en el caso del NAIM ya exista apertura para reconsiderar decisiones que, aparentemente, no tendrían marcha atrás. Un tiempo que no me sorprendería acabe sirviendo para que el nuevo gobierno siga adelante con el proyecto en marcha, haciendo gala de un pragmatismo que, como dije líneas arriba, distingue a Andrés Manuel López Obrador. Quizás también, claro, vendiendo a su electorado la idea de que lo que se está aprobando no sólo es un aeropuerto, sino todo un proyecto de desarrollo económico para la zona metropolitana de la Ciudad de México, el cual, por ejemplo, será construido con recursos privados a través de un esquema de concesión (y que, dicho sea de paso, podría ofrecer oportunidades para burócratas desplazados). Aunque implique costos políticos, no debemos olvidar que su apabullante triunfo electoral le confiere un manto protector, más conocido como “bono democrático” que, creo yo, sabrá usar de mejor manera que el fallido Vicente Fox.

Un pragmatismo que históricamente ha distinguido a grandes estadistas, los cuales, al arribar al poder han reconsiderado buena parte de sus propuestas iniciales “traicionando” a sus electores, actuando en sentido totalmente opuesto a lo que habían ofrecido y llevando a sus países a la prosperidad, en beneficio precisamente de aquellos que pudieran aparecer como los “traicionados”1.

Quizás un caso que nos es muy familiar sea el del expresidente Felipe González, quien después de proponer como oferta política la no integración de España a la Unión Europea, la denostación de la monarquía o su oposición a la OTAN, ya en funciones fue favorable a esos temas, logrando así para su país una larga y sostenida prosperidad. Con mentalidad de estadista supo sopesar los pros y contras, distinguiendo entre la responsabilidad de ser gobierno y la liviandad de una campaña política. Pero no sólo ha sido ese el caso, sino también está el de Ronald ­Reagan con sus reformas a los impuestos; Mijaíl Gorbachov en la transición y el final de la Unión Soviética; y François Miterrand, o Menahem Beguin, por sólo citar algunos de los que se analizan en el mencionado libro.

No hay duda de que el mundo no sería el mismo sin la participación de todos los personajes señalados, quienes optaron por actuar como estadistas, dejando una profunda huella, entendiendo aquello a lo que se refirió James Freeman Clark, al señalar que “la diferencia entre un político y un estadista radica en que el primero piensa en las próximas elecciones y el segundo en las próximas generaciones”. Hoy, creo que la mayoría de quienes les votaron, reconocen que, no obstante los virajes, votaron por la persona indicada. Así las cosas, no estaría mal que el Presidente Electo tuviera una larga conversación con Felipe González, para conocer sus razones y el resultado de sus rectificaciones.

 

1 Nótese que he entrecomillado lo relacionado con la palabra traición, pues resulta un término un tanto fuerte, pero es importante tener en cuenta, al leer toda la columna, que no debe prevalecer la connotación negativa del mismo.

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