Estoy con el alma en un hilo, picadísima, voy a pedir que se reabra el caso! Ese fue el whatsapp que le mandó una querida amiga a Ana, mi hija, a avanzadas horas de la noche. Se refería a la serie de Colosio, que el pasado fin de semana estrenó Netflix y que ha generado un gran interés.

Cuando mi hija me lo reenvió, lo primero que pensé fue que los productores habían logrado su cometido; por una parte, al ponerme a mí a verla completa el fin de semana y por la otra, al generar esta reacción e interés en una chica que a la muerte de Luis Donaldo tendría apenas unos 13 años. Esta especie de crónica novelada ha resultado suficientemente insidiosa (sólo véanse algunos de los sinónimos de la palabra, tales como intrigante, engañosa, alarmista, capciosa), como para interesar e involucrar a medio mundo en revivir esta tragedia, cuya dolorosa cicatriz no desaparece.

Verdades, mentiras, medias verdades y medias mentiras construyen un relato que despierta sentimientos de indignación y asombro, como los que se buscaba generar. Personificaciones, unas más o menos bien logradas (quizás como la de Diana Laura, quie desde luego era mucho mas hermosa y carismática) y otras pésimas como la de Zedillo o de Manlio, van dando paso a teorías conspirativas con las que el público (lo saben bien quienes producen esto) se siente más satisfecho, no obstante que, después de miles de folios que contienen un sinfín de investigaciones, no han logrado acreditar; vamos, ni siquiera sugerir.

Yo no soy una de esas llamadas “viudas de Colosio” que surgieron a montones cuando él falleció, personas supuestamente “cercanísimas” que en la realidad nunca formaron parte del círculo íntimo al cual presumían pertenecer. Yo fui su colaborador profesional, en un puesto importante, de confianza y gran delicadeza, al haberme invitado a encabezar la Secretaría de Finanzas del PRI durante el tiempo de su campaña, siendo el responsable de obtener y administrar los recursos necesarios para la contienda, entre otras muchas campañas en ese proceso electoral.

Tiempo suficiente para haber desarrollado gran afecto y admiración por él y por su encantadora esposa. Tiempo que me ha dejado una honda huella y un sentimiento de gratitud, que me hace rendir tributo permanente a la memoria de ambos. Especialmente por las muchas actividades que llevamos a cabo, relacionadas con la obtención de fondos, dentro del proselitismo financiero que diseñamos y que suponía el involucramiento de miles de personas, lo mismo en desayunos, comidas o cenas de recaudación, que en rifas, subastas o espectáculos, en el marco de lo que la ley denominaba como actividades de autofinanciamiento de los partidos políticos.

Una de esas cenas fue la que tuvimos en Culiacán, el día 22 de marzo, la noche anterior a su asesinato. Una cena organizada por el comité estatal de financiamiento y por las llamadas células empresariales, de cientos de personas, de verdadera sociedad civil, a la que acudían familias completas y por la que cada asistente pagaba mil pesos. Luis Donaldo se sintió verdaderamente cómodo y en casa, entre aquellas personas que tanto se parecían a sus paisanos sonorenses.

Después de saludar y abrazar a cada uno de los asistentes, me pidió que lo acompañara a su habitación, en la que ya sonaban algunas notas de aquella música clásica que tanto le gustaba. Poco expresivo, como era, en aquella ocasión me felicitó por esos eventos y me comprometió a que la que se llevaría a cabo días después en Hermosillo, fuera la más concurrida y lucidora de toda la campaña. Así se lo prometí. Acto seguido me dijo que tenía presente que debíamos revisar temas de campaña, pero que prefería hacerlo en el vuelo al día siguiente de Culiacán a La Paz, por lo que instruyó al general Domiro García Reyes a que organizara lo necesario para que viajara yo con él.

Se me dijo que elementos de seguridad me trasladarían al aeropuerto, en donde esperaría yo al candidato, quien debía atender una entrevista en una estación de radio. En el camino sucedió algo especialmente significativo, dada la tragedia que ocurriría en la tarde, ya que escuché hablar a quienes me trasladaban acerca de que “el candidato había llamado la atención a su escolta, pues no le gustaba que, fuera de actos de campaña, fueran notorios en exceso”. Los arrestarían, seguramente, me dijeron mis acompañantes.

Al llegar al avión, ahí estuve, revisando la prensa local, hasta que llegó un Luis Donaldo un poco agobiado por la cantidad de gente que se había arremolinado cerca del aeropuerto y con un gesto de preocupación que me obligó a cuestionarle si sucedía algo, cuando apenas iniciaba el trayecto a la pista. Sólo nos encontrábamos a bordo Ramiro Pineda, el General y yo, hasta donde recuerdo. ¿Que qué me pasa? La pinche inseguridad, Óscar, no te imaginas la cantidad de llamadas de la gente a la emisora. El tema está muy caliente. El tema del narco está en el ánimo de todo mundo. Inmediatamente reaccioné: ¿¡Cómo, candidato?! ¿Y aun así te enojas porque te cuidan varios elementos a los que arrestarán por cumplir con su trabajo? Me enteré en el trayecto de lo sucedido, Donaldo.

Muy norteño, como era, me dijo. A ver, a ver, la gente está hasta la madre de las ostentaciones de fuerza y nada la agravia más que ver a un candidato inaccesible y lleno de guaruras. Se los he dicho mil veces. Ni modo. ¡Quién nos iba a decir que en la tarde de ese mismo día lo asesinarían, en el marco de una muy deficiente seguridad!

Tomó los diarios y recuerdo muy bien que, leyendo alguno en el que se narraba que Camacho había declarado contundentemente que no aspiraría a sustituir a Colosio, volteó y mostrándomelo, me dijo ¡Por fin nos quitaremos este dolor de huevos! A recuperar el tiempo perdido, ya no hay excusa ni pretexto.

Seguimos hablando de nuestros temas y aproveché para solicitar su autorización de no acompañarle a Tijuana, en donde se llevaría a cabo otra cena de proselitismo que ya estaba organizada y sería tan buena como la de Culiacán, pues quería concentrarme en la organización del evento de Hermosillo.

Siendo así, me dijo, que te lleven a la capital y nos vemos ya en mi tierra. Un fuerte abrazo (el último que me daría) rubricó ese aciago día que no olvidaré. Ya en mi oficina, en México, me enteré de lo sucedido y me fui de inmediato a la oficina de Zedillo.

No se trata en este espacio tan breve de entrar a un análisis detallado, ni viene al caso, por ahora, seguir con la crónica de los días, semanas y meses que siguieron, en los que seguí como secretario de Finanzas, ahora apoyando a Ernesto. Dedico esta columna a Fabiola, esa encantadora amiga de mi hija y a los muchos mexicanos que se interesen por esa historia y por ese matrimonio que a mí me conquistó para siempre en tan breve plazo.

Aunque nada lo prueba fehacientemente y aunque para muchos no sea la teoría más atractiva o políticamente lucrativa, yo siempre he pensado que lo mató el narco. Y no dejo de pensar en lo que me dijo el día que me invitó a trabajar con él. “Ya hablaremos con más tiempo y detalle, Óscar, sólo una indicación importantísima ¡Ni un peso de los narcos, eh! ¿Oíste bien? ¡Ni un pinche peso!”

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