Ignoro qué proporción de la población observa en sus personas una transformación radical o profunda, transcurridos alrededor de tres meses de confinamiento. En una forma u otra, esta mutación de condiciones de vida debe haber causado ciertos desequilibrios o cambios de conducta que ahora, ante lo que indebidamente se ha venido llamando la “vuelta a la nueva normalidad”, deberán reconsiderarse. Algunos solo serán cambios de costumbres y otros, los más significativos, podrán tener que ver con la forma de ver la vida y, más importante aún, de vivirla.

Creo que ese temor a la socialización, por ejemplo, irá desapareciendo poco a poco y nos llevará de nuevo a expresarnos en la misma forma en que lo hacíamos antes. Los sonoros abrazos, los besos y todas esas formas de malabarismo manual que representan, hoy en día, los saludos entre los jóvenes, volverán a la vida cotidiana. Retornará el apapacho que tanto nos caracteriza como sociedad y que tanto hemos extrañado. Habrá de pasar tiempo, sin duda, pero finalmente dejaremos de ver a las personas con las que convivamos como esa potencial amenaza a nuestra salud que nos puede contagiar con el temido virus.

También seguramente habrá cosas que ya no haremos en la misma forma en que las hacíamos antes de la dichosa “pandemia”. Creo, por ejemplo, que pensaremos dos veces antes de proponer reuniones presenciales a kilómetros de distancia, con los consabidos inconvenientes relacionados con el tráfico o el estacionamiento, si podemos utilizar cualquiera de las plataformas que hemos usado en estas semanas, para reunirnos “virtualmente”. Y, por otro lado, me parece que habremos tomado conciencia de lo lejos que solemos permanecer a veces de las personas que queremos y lo fácil que resulta borrar esa distancia con una llamada telefónica o virtual.

En este mismo orden de ideas, el papel que las oficinas juegan en nuestra vida profesional cotidiana como instalaciones físicas para trabajar, será objeto de análisis y seguramente de reconsideración. Unos mejor que otros, pero de una forma u otra, habiendo prescindido de ellas por varias semanas, hemos venido funcionando. No faltan incluso personas que afirman que han trabajado, a final de cuentas, más y mejor de lo que lo hacían sin pandemia. 

Es cierto, sin embargo, que ese espacio en el que podemos llegar a pasar más tiempo que en nuestra misma casa, satisface otras necesidades y cumple su función de darnos un cierto refugio. Ello habrá de ser puesto en la balanza en la que analicemos lo que queremos hacer a futuro.

En este mismo sentido, seguramente habrá muchas personas que prefieran prestar servicios de tipo “outsourcing” desde casa, en vez de volver a concentrar toda la jornada laboral en una oficina localizada a varias horas de camino de sus casas. Estas novedades, relacionadas con las instalaciones, las costumbres y preferencias de las personas y las nuevas formas de contratación, acelerarán la tendencia que ya veníamos observando de proliferación de espacios de “coworking” que en muchas latitudes ya es la más popular o arraigada de las muchas modalidades que ofrece lo que se conoce como economía colaborativa o compartida. 

Esta novedosa forma de trabajar puede significar, al mismo tiempo, ese espacio de convivencia profesional, pero no ese lugar de reclusión laboral que se apodera de nosotros y de nuestra libertad como una cierta esclavitud.

En mi caso y en el de mi familia, esta temporada de confinamiento no habrá pasado en balde y estoy seguro de que se traducirá en cambios importantes. Es cierto que, al inicio, aún sin saber cuánto tiempo estaría yo en esas condiciones, me propuse cosas como acercarme nuevamente a la poesía,  actualizarme en ciertos cursos que venía tomando sin mucha dedicación- relacionados con el dibujo, la apreciación musical, el estudio de lo que lo que en otras latitudes se conoce como “wellness”- o hasta la ampliación de mi vocabulario en inglés. 

Ya había estado en otros tiempos sometido a aislamientos parecidos y sabía bien lo primordial que era no descuidar el cuerpo y la mente. Conocía perfectamente lo importante que era lograr un buen nivel de abstracción e introspección, adoptando, en lo posible, una rutina y una disciplina para cumplirla. En esta ocasión no estuve en completa soledad, pues la vida me dio la oportunidad y el privilegio de pasar este tiempo con mi esposa, un par de mis hijos y mis nietos, y ello hizo de la experiencia, una totalmente diferente de cualquiera de las anteriores.

No puedo decir que cumplí cabalmente esas metas, digamos académicas o culturales, ni tampoco podría explicar las razones a que se ha debido. Pero sí puedo y debo compartir con mis lectores que, en esta extraordinaria forma de convivir y de reflexionar, sí me ha quedado muy claro el valor de cada minuto de juego con los niños o de cada paseo por el campo con mi querida Gorda, observando cambios tan notables como aparentemente desapercibidos que significa, por ejemplo, el crecimiento de una hortaliza, el simple amanecer o el crepúsculo. 

Si algo me queda claro, después de tener tanto tiempo disponible diariamente, es lo inconveniente que ha sido vivir siempre con prisa y con la urgencia de que las cosas sucedan, muchas veces sin disponer siquiera de la mínima calma, tan necesaria para para disfrutar esas cosas que urgentemente he esperado. 

Ciertamente soy víctima de un espíritu inquieto. Mi compañera de vida y mis seres más cercanos son testigos de lo que me afecta sentir a menudo que no estoy logrando todo lo que me propuse o peor aún, lo que debería. Diversas señales me hacen esperar, sinceramente con ilusión, que la principal metamorfosis que haya sufrido mi persona en estos tiempos de pandemia haya tenido que ver con “domar” a ese espíritu, dándole la capacidad de apreciar las cosas en forma distinta y midiendo el éxito y la realización con otros ojos, capaces de mirar lo logrado, sin distraerse mucho con lo pendiente. 

Con una sensibilidad suficiente para encarar y conducir un verdadero cambio de trinchera, transfiriendo la estafeta a mis compañeros de vida que vienen detrás, con la sabiduría suficiente y necesaria para asumir el rol que en otras culturas juegan individuos en mi situación y circunstancias, como miembros del consejo de ancianos (¡un anciano joven, en este caso, claro!). Con la virtuosa conjunción del vigor y juventud de ellos y la experiencia acumulada por nosotros, recreándonos juntos, día a día, con el gratificante acontecer de la vida. 

Un acontecer que ha logrado, precisamente durante esta pandemia, traerme un nieto hermosísimo y la noticia de otro que está en camino. Creo que habremos entendido (aquel espíritu y yo) que nada, ningún pendiente, ni aspiración o ambición deberá distraernos ni un minuto, de la maravillosa misión y experiencia de cargarlos y estar con ellos.

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