Perdonarán mis lectores el atrevimiento, pero en esta ocasión he de referirme a un tema que no tiene que ver con las estadísticas sociales, ni con la actividad económica, o con la actualidad política, sino con algo que me aflige en lo más íntimo, como pocas cosas, derivado de la pandemia que hemos estado padeciendo. Me refiero a la forma en que esta suerte de epidemia global, a través del llamado cubrebocas, ha despojado a nuestros rostros de la sonrisa.

Quizás para algunos el tema puede parecer trivial o intrascendente, pero a mí me parece muy penoso tener que vivir sin ver la sonrisa de las personas que observo en la calle o en el transporte, o peor aún, en aquellas a las que me dirijo; lo mismo a la cajera del banco, que el empleado de mostrador de la tienda, el mesero o el chofer del Uber. Por fortuna, los rostros de aquellos con los que interactúo en cuestiones profesionales o familiares, a través de las plataformas de videoconferencia, no deben usar ese incómodo adminículo y ello me permite seguir observando la expresión completa de su rostro, con todo lo que ello implica.

Viviendo (o padeciendo) cotidianamente este fenómeno, he querido profundizar en el tema que, como decía líneas arriba, me resulta muy cercano y me he encontrado interesantes datos y referencias que comparto con ustedes. Sonreír nos resulta tan familiar y natural, sin que sepamos que existen 43 músculos en el rostro humano, de los cuales, y dependiendo de la sonrisa que expresamos, la cantidad que se ve involucrada para producir ese gesto puede ir de 10 a 17.

Según el Facial Action Coding System, un sistema de identificación de gestos basado en los músculos faciales que se utiliza en inteligencia artificial[1], existen 19 tipos de sonrisa, pero sólo seis tipos expresan alegría. Otras expresiones incluyen aprobación, deseo, juicio, o incluso tristeza. Hemos evolucionado para reconocer la geometría del rostro humano y entender estas sonrisas, al grado que reaccionamos involuntariamente a ellas. Algunas de ellas nos expresan elocuentemente situaciones, emociones o sentimientos diversos.

En la década de los sesenta comenzaron los primeros estudios modernos sobre las emociones. Estos han identificado que existen patrones comunes a todos los seres humanos, independientemente de la cultura, o limitaciones como la ceguera; no deja de ser interesante que, incluso algunos de ellos, compartimos con otros primates. Sin embargo, los humanos, a diferencia de otros primates, realizaron un vínculo mayor entre expresiones faciales y lenguaje. Y entre estas expresiones faciales, sin duda la sonrisa ocupa un lugar destacado.

En las manifestaciones artísticas, encontramos revelaciones interesantes al respecto, según se señala en diversos estudios y documentos a los que he echado un ojo. Si bien el teatro griego utilizaba máscaras para representar emociones, en la historia del arte, la sonrisa es un elemento que aparece de forma expandida desde el Renacimiento. Durante los siglos XV y XVI, aparecen por primera vez los temas de la vida cotidiana en la pintura y los retratos individuales se vuelven más populares, donde la expresión facial jugará un papel central.

Una célebre sonrisa, por increíblemente enigmática, es la que Leonardo Da Vinci logró insertar en su Gioconda, así como aquella con la que caracterizó al rostro de su San Juan Bautista. Asimismo, Caravaggio casi un siglo después utiliza ampliamente la sonrisa en una diversidad de contextos que buscan expresar alegría o tragedia.

Evidentemente, ahora los estudiosos de la mercadotecnia y del comportamiento del consumidor, que no dejan de observar hasta los más mínimos detalles de nuestro comportamiento, no han dejado escapar a la sonrisa. La manera en cómo sonreímos y cómo expresamos las emociones es un nuevo objeto de análisis, algo que está transitando a formar parte del proceso de reconocimiento facial en un área llamada “afective computing” que busca identificar las reacciones del rostro ante ciertos estímulos. En el siglo XX, el auge de la publicidad asoció la sonrisa a la percepción positiva de los productos, expandiendo los espacios, objetos y medios donde vemos presente a la sonrisa, como un elemento relevante para la mercadotecnia.

Algunas empresas en China, como Taigusys buscan ir más allá del reconocimiento facial basado en perfiles. El reconocimiento facial clásico compara imágenes con la geometría facial y fotografías de personas similares, pero se encuentra limitado para reconocer lo que expresa una persona. Taigusys busca aprender de los movimientos musculares, tono de voz, y otros signos biométricos para detectar emociones. Sin embargo, existen críticas sobre la recolección de datos personales que esto puede generar.

Pero el objetivo no es identificar a una persona en particular, sino generar información de mercado sobre la valoración de los consumidores acerca de servicios o productos. La expresión facial permite conocer casi de manera instantánea esta valoración. Y hasta ahora permanece como una tecnología controvertida que sólo ha tenido uso en prisiones y puntos de control de la policía.[2]

En política, los estadounidenses perciben cualidades positivas en los candidatos y políticos que sonríen. Estas sonrisas se encuentran influidas por la cultura; mientras en Asia, una sonrisa más modesta es mejor valorada, según un estudio de Stanford. En Japón, las normas sociales favorecen una actitud más reservada sobre las expresiones faciales. En cambio, el contacto de miradas es central para expresar e identificar acuerdo, satisfacción o alegría.

El lenguaje no verbal es un elemento muy importante en la comunicación. Los investigadores Horiuchi, Komatsu y Nakaya encontraron con datos para Japón y Australia que la sonrisa en los candidatos tiene un gran peso en la percepción de los votantes. Sin embargo, en un estudio posterior, Asano y Patterson concluyen que este efecto se ve disminuido cuando hay muchos candidatos compitiendo y mucha participación.

Mi vida tuvo que ver con ambas cosas: la política y la sonrisa. En efecto, seguramente por un entorno lleno de personas sonrientes, como mis padres, heredé la costumbre de sonreír constantemente. Recuerdo que mi madre decía que desde la carriola en la que me paseaba en el parque, ya intentaba yo relacionarme con las personas, mediante la sonrisa.

Muchos apodos o motes me valió el sonreír constantemente. Ya en mi carrera política, siendo Jefe de Gobierno de la Ciudad de México, recuerdo algún pasquín muy crítico de mi gobierno, que ingeniosamente publicó en primera plana mi rostro muy sonriente, con una frase muy destacada que planteaba la pregunta, ¿De qué se ríe? Obviamente, en el texto interior se hablaba de los muchos problemas que aquejaban a la entidad, mientras yo sonreía.

La vida me ha puesto pruebas duras y me ha sometido a situaciones extremas. Por fortuna, ninguna de ellas me ha privado de la capacidad y voluntad de sonreír, pues creo firmemente que la sonrisa es fundamental para alegrarme y alegrar la vida de los míos. Por ello me duele tanto vivir en un mundo sin sonrisas, en donde constantemente me sorprendo intentando encontrar en los ojos aquello que solo la boca sonriente es capaz de transmitir. Espero que, como otras tantas cosas, el final de la pandemia nos devuelva los rostros sonrientes, que hoy tanto extrañamos todos.

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