Es cierto que en esa gigantesca red que es la Internet, puede uno encontrar cualquier cosa. El acceso indiscriminado a “postear” lo que se desee, hace que nos topemos con lo peor y lo mejor de la información disponible. Datos y noticias a todas luces falsas, lo mismo que el conocimiento de vanguardia en cualquier materia. Ahí, en esa red y en un momento afortunado, es donde me encontré un día como cualquiera, información relacionada con aquello que en Sudáfrica se conoce como “Ubuntu”.

Digo que afortunado, pues desde ese día no dejan de darme vueltas en la cabeza varias ideas que, de alguna forma, se relacionan con ese concepto y con la preocupante situación en que se encuentra nuestro querido México: dividido, polarizado y amenazado por males que pudieran ser irreversibles. Un país urgido de un esfuerzo importante de reconciliación y de un ejercicio serio y a profundidad para reconsiderar el pacto social que rige nuestra vida como nación. Un pacto perverso que ha dado lugar a una sociedad cada día más injusta, donde las mejoras alcanzadas en los últimos años se están revirtiendo con la pandemia; en donde los ricos son cada día más ricos y los pobres, más pobres. Un pacto que, de entrada, nos hace indiferentes al sufrimiento y a las privaciones de millones de familias tan mexicanas, como la nuestra. Un pacto que debe llegar definitivamente a su fin.

Veamos que tiene que ver todo lo anterior con Ubuntu. La idea de Ubuntu traducida como “Yo soy porque nosotros somos” representa una relación de reciprocidad en la comunidad en las lenguas zulú y xhosa de Sudáfrica. Tras emerger como un líder de transición democrática sudafricana, Nelson Mandela se plantea reformular las reglas de convivencia del país para eliminar el resentimiento generado durante el apartheid. Durante este periodo, Mandela incorpora la idea de Ubuntu en la Comisión para la verdad y la reconciliación de Sudáfrica para ofrecer amnistía a todos los grupos étnicos bajo la idea de que todos en la sociedad son necesarios para la reconstrucción de la nación, de la cual parte la idea y propósito de un nuevo pacto social.

En el material que llegó a mis dispositivos, el concepto se plantea en un relato donde un antropólogo propone un juego para los niños de una aldea. Durante el ejercicio coloca una cesta de fruta cerca de un árbol y propone una carrera al árbol; el primer lugar se quedará con la cesta. Sin embargo, en ese momento, los niños se toman de la mano y corren juntos, llegando así al mismo tiempo a repartirse las frutas. El antropólogo, intrigado, les pregunta por qué hicieron eso si el ganador pudo quedarse con toda la cesta. Ellos responden ‘Ubuntu’: ¿Cómo va a estar uno de nosotros feliz si el resto está triste?

Más allá de lo “romántico” de este relato, en el contexto en el que vivimos, a mí me ha hecho pensar en que, si de verdad está surgiendo una ola de energía social que se subleva ante aquello que nos pretenden imponer, y si en serio estamos dispuestos a luchar por evitar una catástrofe, no debemos quedarnos en el ejercicio del voto el día 6 de junio, sino asumir la responsabilidad eludida por largo tiempo de buscar un nuevo arreglo que rompa, de una vez por todas, con esa inercia injusta y empobrecedora. En síntesis, lo que propongo es que no votemos solo en contra de un partido y sus candidatos, sino en favor de un proyecto de nación más justa y menos desigual. No nos confundamos, en muchos sentidos, ese partido y su gobierno son la consecuencia de nuestra inacción e indiferencia.

Es evidente que el modelo de crecimiento y desarrollo fue incapaz de atender o atemperar las manifestaciones más dolorosas de la pobreza y la desigualdad. El desarrollo generado por la apertura comercial y una mayor estabilidad económica en México por sí mismo no pudo cambiar el panorama de la pobreza, ni propició las políticas públicas para lograrlo. Pero más allá de eso, y volviendo a pensar en todos aquellos que protagonizan cotidianamente la “revuelta” electoral, llegó la hora, creo yo, de adoptar al Ubuntu como una nueva cultura de responsabilidad social. De preguntarnos como lo hicieron aquellos niños de África ¿Cómo va a estar uno de nosotros feliz, si el resto está triste?

Deliberadamente me refiero a personas privilegiadas, como yo y mi familia, que debemos comprometernos más. Quizás por lo menos al nivel en que lo hacen en las comunidades rurales cercanas a nuestra casa en Los Saucos, Valle de Bravo, en el Estado de México, a las que me he referido en otras columnas, y que han encontrado en la solidaridad y cooperación el Ubuntu mexicanizado. En esas comunidades, cada familia hace suya la necesidad de las otras. A manera de ejemplo, cuando una familia tiene una boda de alguno de los hijos, recibe el apoyo de las demás, que se ofrecen o aceptan actuar como padrinos (de anillo, de banquete, de música, de carpa, etc.) Los miembros del pueblo saben que en algún momento a todos les toca ser padrinos y ser apadrinados por otros miembros de la comunidad, lo que en cierto modo evita diferencias sensibles entre una y otra celebración.

Muchas son las causas de la desigualdad y todas merecen ser analizadas y atendidas. No resulta sencillo el ejercicio, pero hay que llevarlo a cabo, iniciando por la toma de conciencia de que existe y principalmente, que nos atañe y que es mucho lo que podemos cambiar por el país. En esta materia pueden enlistarse los sistemas fiscales que favorecen a unos cuantos, una redistribución poco clara o con espacios para la corrupción, el acceso limitado al capital o a los recursos para emprender y las desigualdades estructurales de género.

Es posible dar un paso más allá, participando en las causas para acercar a los grupos más alejados de nuestra sociedad. Por ejemplo, participando en una organización civil que apadrina a algún grupo vulnerable estamos compartiendo la riqueza con otros mexicanos. Así también participando con quienes no tienen acceso a la salud, la educación y la vivienda, o apoyando a quienes quedan rezagados por una limitación física. O colaborando con aquellas organizaciones que buscan acercar los derechos y la justicia a las mujeres, poblaciones indígenas, ancianos y muchos otros grupos que permanecen invisibles en nuestra sociedad.

La desigualdad medida como la brecha entre los más ricos y los más pobres, según el índice Gini, se redujo en los últimos 10 años, pasando de 49.9 en 2008 a 45.4 en 2018. Sin embargo, esta disminución se ha dado a un ritmo muy lento. En México, los ricos ganan hasta 18 veces más que los más pobres, y la pobreza se ha mantenido entre el 44% y el 42% de la población durante este periodo. Aun mas grave, la pandemia está ampliando estas desigualdades con un aumento de entre 8.9 y 9.8 millones de nuevas personas en situación de pobreza según el CONEVAL.

Profundicemos en esto, hagámoslo de una vez por todas y ya no le demos vueltas. Es posible (y bueno para todos) tener un país mas justo. Por lo menos yo no habré de soltar el tema en estas columnas y en otros foros. ¿Y tú, mi querido lector?

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