La desigualdad de ingresos en la región ha permanecido con pocos cambios durante la década pasada. Tres elementos contribuyen a perpetuar esta trampa de desigualdad en la región: la concentración de poder; la violencia política, criminal y social; y los sistemas de protección social que introducen distorsiones a la economía.

En varias ocasiones me he referido a los rezagos que lastiman a una muy buena parte de nuestra sociedad, como algo que explica los fenómenos políticos que nos aquejan. Destacadamente, el populismo. Creo que en cierta forma estamos pagando la factura de no haber sido capaces de lograr una mejor situación para los menos favorecidos, situación que prevalece y quizás, incluso podría tender a agravarse. Caldo de cultivo ideal para regímenes como ese.

El Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo presentó el reporte “Atrapados: Alta desigualdad y bajo crecimiento en América Latina y El Caribe”. Este es su informe regional de desarrollo humano anual, en el que, adicionalmente a las mediciones sobre pobreza, describe una nueva causa del bajo desarrollo en nuestra región: la violencia. Hoy América Latina se ha convertido en la región más violenta del planeta. Esto amplía la desigualdad en varios aspectos del desarrollo humano como los derechos, los ingresos, la salud, la educación y la representación política.

La desigualdad de ingresos en la región ha permanecido con pocos cambios durante la década pasada. Tres elementos contribuyen a perpetuar esta trampa de desigualdad en la región: la concentración de poder; la violencia política, criminal y social; y los sistemas de protección social que introducen distorsiones a la economía. La concentración del poder ha bloqueado reformas fiscales y de competencia. Mientras que la violencia está haciendo que las sociedades pierdan oportunidades económicas y abandonen sus hogares.

A pesar del crecimiento y la apertura tras los años 2000, América Latina no ha podido capturar los beneficios en productividad e igualdad por la implementación fragmentada de buenas prácticas. Una de las causas que mantienen sin cambios el marco de reglas económicas es la relación entre monopolios y poder político. Chile, México y Brasil tienen la mayor concentración de ingresos: el 10% más rico posee más del 57% de los ingresos nacionales. Asimismo, el 1% más rico concentra más del 28% de los ingresos, para 2019.

Sin embargo, el dinamismo económico de la región tuvo efectos generales en el bienestar. El aumento de la competencia durante la década de 2000-2010 dio lugar a una reducción de los costos de vida para los hogares, junto con un aumento de la productividad de las empresas, una mayor entrada de empresas al mercado. Aunque también menores ganancias para las empresas nacionales y menores ingresos para algunos trabajadores.

El documento del PNUD presenta varios ejemplos en los que las empresas ha realizado lobbying en el legislativo y en el poder judicial para detener reformas a la competencia. Los cambios de la década pasada sobre competencia y telecomunicaciones en México han tardado en tener efectos. Si bien algunos mercados han visto los precios mejorar, persiste un sobreprecio por ausencia de competencia en muchos mercados del país.

Estas brechas se ven ampliadas por la pérdida de ingresos durante la pandemia. Latinobarómetro 2020 incluyó la pregunta sobre si los individuos habían perdido ingresos. En promedio, el 22% de los encuestados afirmó que no había sufrido ninguna pérdida de ingresos en 2020 (en México sólo 9% señaló no haber tenido pérdidas). Las respuestas señalaron que regresar a los niveles de antes de la pandemia, les tomaría entre uno y dos años.

Asimismo, América Latina tiene un muy bajo índice de movilidad educativa. Existe una segregación en las escuelas de la región donde las escuelas de menos ingresos reciben estudiantes de menos ingreso y los estudiantes de más ingresos estudian en otras escuelas más vinculadas al mercado. Adicionalmente, los sindicatos educativos en países como Argentina y México han amasado suficiente poder para bloquear reformas en el sector.

El segundo factor de esta trampa de desigualdad es la violencia. México tiene tasas de homicidio superiores a 200 por cada 100,000 habitantes en varias ciudades. La fragmentación de las organizaciones narcotraficantes en el territorio ha provocado enfrentamientos entre ellas y con las autoridades. Ello provocó que la tasa de homicidio del país se triplicara en diez años. Sin embargo, la violencia por narcotráfico es sólo una dimensión de los grupos criminales que extraen rentas de la extorsión en las poblaciones que controlan, a veces desplazando al Estado. Las consecuencias más visibles son la pérdida de actividad económica y los desplazamientos forzados.

Otra dimensión de esta violencia son los políticos, periodistas y defensores de derechos humanos asesinados. Se estima que 450 periodistas fueron asesinados o desaparecidos en la región entre 2000 y 2017; Brasil, Colombia, Guatemala, Honduras y México son los países más peligrosos para esa profesión. En México, las localidades afectadas por la violencia relacionada con el narcotráfico experimentaron una disminución de la producción, las ganancias, los salarios y el número de empresas. Del mismo modo, la inversión extranjera directa se redujo en varias regiones mexicanas entre 2005 y 2015. Y por si todo lo anterior no bastara, cada día se publican más testimonios de la ingerencia de los grupos criminales en el reciente proceso electoral, influyendo en los resultados.

Los costos del crimen sobre la economía pueden observarse como el precio extra que los consumidores deben pagar por corrupción y por los problemas de seguridad. El PNUD cita una revisión de bienes asociados a problemas de seguridad, la cual detectó sobreprecios de hasta 49% en los bienes de consumo y un sobrecargo mediano del 23% sobre el precio de competencia de los bienes. Estos costos se transfieren a los consumidores con menos recursos que gastan la mayor parte de su ingreso en alimentos.

Por último, las políticas de protección social de la región proporcionan protección errática a los hogares contra los riesgos, tiene efectos regresivos en la distribución del ingreso, y castigan la productividad y el crecimiento de largo plazo. En América Latina existe un dilema sobre la calidad de la seguridad social. En el mercado formal las contribuciones representan una reducción del salario del trabajador sin que se vea reflejado en servicios de salud o pensiones de calidad. Esto desincentiva la formalidad y lleva a los trabajadores a buscar formas alternas de aseguramiento. En temas laborales, para México, los mercados de trabajadores por cuenta propia, independientes, domésticos y no remunerados, trabajadores de empresas familiares, productores agrícolas, y pequeños empresarios carecen de acceso a derechos y seguridad social.

Malas noticias, querido lector. Poco alentador el panorama que, como países nos muestra atrapados en una desigualdad que parece profundizarse por nuevas y muy preocupantes razones. Malas noticias, sin embargo, que, contrariamente al desánimo, debieran ponernos a trabajar en un proyecto alternativo de país que, increíblemente, aun en medio de una contienda por el poder, ha brillado por su ausencia.

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